lunes, 20 de junio de 2016

La Voz de La Pisinga: cuatro décadas retumbando en Acandí

Desde los tiempos dorados de Odilón Ortiz Banguera, cuarenta años atrás, al día de hoy, La Voz de La Pisinga se ha constituido en el medio de comunicación más efectivo de los acandileros.

Crónicas del Camino
Por: Wilmar Jaramillo Velásquez
Especial para EL PREGONERO DEL DARIÉN

Acandí no era más que cuatro calles surcadas por el mar, caudalosos ríos y pantanos, cuyo nombre ancestral es Río de Piedra; habitado por unos colonos de hacha y machete, mineros artesanales y cultivadores de la tierra, entre todos hacían hasta lo imposible para que la manigua no se fuera a tragar el caserío. 


En ese grupo de forjadores de Acandí, estaba Odilón Ortiz Banguera, un afro descendiente, hecho a pulso, quien más tarde sería una de las figuras más representativas del municipio, quien llegaría a ser el presidente de la Junta de los carnavales y como si fuera poco alcalde en dos oportunidades, entre otros cargos públicos. Odilón, partió de este mundo un viernes 10 de febrero de 2012, en la ciudad de Medellín, por una insuficiencia cardíaca.


Por aquel entonces no existían emisoras en ese Chocó abandonado desde siempre, el poder central impedía el desarrollo de esos medios que se concentraban en las capitales, y las ondas hertzianas se negaban a entrar por entre la manigua a los hogares de Acandí.

Fue entonces cuando a Odilón, se le prendió el bombillo y sin mucho alboroto, trajo de Quibdó unos enormes parlantes, los guindó de un palo de magos y desde una pequeña consola y un estabilizador comenzó a transmitir, música y anuncios sociales. Nacía la flamante Voz de La Pisinga, la misma que hoy cuarenta años después sigue en pie de lucha, contra la indiferencia, el modernismo, la paz y la violencia.

Como un buey cansado, La Pisinga retoza por entre los gangosos parlantes, su voz ronca despacha información a diestra y siniestra.


A unos metros de la alcaldía municipal, en un viejo caserón de dos plantas, entre bahareque y cemento, sostenido por la terquedad de Yolvys de la Cruz, un sobrino de Odilón, hoy al frente de la emisora y que no ha dejado desplomar los últimos vestigios de la Pisinga, se emiten los boletines oficiales de la administración municipal; las decisiones más destacadas del gobierno local, llegan a los habitantes de Acandí a través de La Pisinga.

Para sintonizar la emisora, no se requiere de una radio, solamente hay que afinar el oído y estar atento de los parlantes y la dirección de los vientos, para que la voz del locutor, no se pierda por entre las olas del mar o se ahogue por entre la manigua de la selva chocoana.

Durante cuatro décadas La Voz de La Pisinga ha sido testigo del desarrollo y crecimiento de Acandí, se puede decir que es patrimonio cultural e inmaterial de los acandileros, los anuncios sociales, cumpleaños, avisos publicitarios para promocionar los productos del comercio local, la pérdida y hallazgo de documentos de identidad, las brigadas de salud, y toda la información oficial del despacho de la alcaldía, fluyen por estos viejos parlantes, que se revelan a la jubilación.


Por solo tres mil pesitos los clientes se dan el lujo de ordenar sus avisos y sentarse luego en la puerta de su casa o su negocio a escuchar sus efectos, por la desvencijada emisora.

“Tenemos cubrimiento en todo el pueblo de Acandí, pero muchos problemas financieros, cada día estamos más ahogados, y no sabemos hasta cuándo vamos a resistir” dijo muy en serio, Yolvys de la Cruz, hoy el hombre fuerte de la emisora, aunque la misma se considera patrimonio de los herederos de su fundador, Odilón Ortiz Banguera.

La emisora no es muy distinta a la de hace cuarenta años, unos parlantes colgados a un árbol, un micrófono y un locutor, una mesa y cero tecnología. Solamente que el paso inexorable del tiempo, la golpea tan fuerte, como golpean las olas del mar las costas de Acandí llevándose a su paso sigiloso, casetas, puestos de comida, rumbiaderos, casas y árboles.


Es muy probable que el polvo y la polilla, terminen sellando una alianza criminal para dar la estocada final a La Pisinga, al menos ya en el segundo piso de la vetusta edificación, duermen murciélagos y palomas, disputándose centímetro a centímetro la propiedad, de lo que fueran los prósperos cuarteles de Odilón en sus tiempos de gloria, cuando la política le sonreía y llegó a ser el hombre más poderoso de Acandí, navegando en su caudal político.

Una cama, o lo que fue de ella se resiste al embate final de la polilla y al lado de un baúl, tal vez el de los recuerdos, permanecen inmóviles en una sala del segundo piso, esperando el desplome final, mientras que el polvo y la polilla aceleran su festín.

Abajo, el lugar mejor conservado de la edificación, Yolvys de la Cruz, hace ingentes esfuerzos por mantener organizado el lugar, es consiente que el barco se hunde a sus pies. Allí sobreviven algunos recuerdos de Odilón, varios enceres, y en el patio que la maleza no ha logrado sepultar, yacen los despojos de unos viejos parlantes, como cadáveres insepultos, como la huella de un pasado devastador, prueba y testimonio de una emisora que ha estado verdaderamente y estará siempre en el aire. Son los orígenes de La Pisinga, el Alfa y el Omega.

Bajo el sonido de La Pisinga crecieron varias generaciones de acandileros, muchos han abandonado el pueblo por largas temporadas y al regresar, atónitos ven como el tiempo se detuvo en su emblemática emisora, sus mismos parlantes estáticos, surcados por palos de mango, su oficina, la mesa, los cables y el micrófono, es como ver una fotografía de hace cuarenta años. Acandí tuvo su época dorada, hasta con un flamante teatro, hoy en ruinas como su emisora.


Pero es que La Pisinga está rodeada de varios hechos y circunstancias que aun hoy la hacen atractiva, las comunicaciones allí son pésimas, la señal de la telefonía es terrible y mantiene en ascuas a sus habitantes, al igual que la internet, sintonizar una emisora tanto en FM como en AM, no es nada fácil, sumado al arraigo popular existente entre varias generaciones que han crecido con el fondo musical y sonoro de los viejos parlantes, que al menos hacen la ilusión de estar conectados con otras latitudes, no importa que el alcance de La Pisinga solamente llegue a tres o cuatro cuadras a la redonda.

Tal vez esto mantenga viva la emisora por otro tiempo, quizás el suficiente para que la polilla y el polvo lleven a feliz término su tarea apocalíptica y una noche, el silencio de una madrugada acandilera se vea interrumpida por el precipicio de los restos de madera, la cama y el baúl de los recuerdos, que se desplomen sobre los últimos vestigios de la emisora, su mesa y su micrófono, y la borren de la existencia física, porque de la mente de los habitantes nunca se borrará.


La Pisinga es lo que para Escalona fue la casa en el aire, pero ahí está, como la señora de las cuatro décadas, con sus almanaques sobre sus hombros resistiendo a morir bajo la terquedad de Yolvys de la Cruz, el fiel capitán que hoy lleva su timón y que no se resigna a ser el sepulturero del legado comunicacional de su tío Odilón Banguera.


La emisora no es más que un retazo de ese Caribe mágico que describiera magistralmente nuestro nobel García Márquez y que se desmorona día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, bajo el imperio demoledor de la polilla.