La paz
pactada inicialmente con treguas y una mesa de diálogo activa con las
guerrillas remanentes y las bandas multicrímen, se hace perentoria para seguir
construyendo un estado de paz y justicia.
Por:
Juán Fernando Uribe Duque/Opinión El Pregonero del Darién.
![]() |
| Médico/Juán Fernando Uribe Duque |
Simplemente
decir que los subsidios o las ayudas como la renta básica son un distractor
para crear ociosos y vagos oportunistas a la espera del subsidio, es un
pensamiento contrario a las necesidades de una franja de la población carente
de oportunidades laborales dignas. Muchos de estos colombianos han vivido en
una situación de exclusión tal que ya tienen la sensación de vivir en un
submundo en el que el delito y la muerte campean en cada esquina.
Me preguntarán entonces "¿Pero por qué no estudian y salen a buscar trabajo y progresar como lo hacen en Estados Unidos donde tienen dos o tres empleos, o mejor, por qué no se asocian con amigos y emprenden un negocio… o trabajan de noche para salir adelante?"
La respuesta es no; porque no es fácil en un
país donde la violencia y la corrupción se han tomado todo, donde el desempleo
y la conciencia del "No Futuro" preconizada por el narcotráfico es la
que impera haciendo que la juventud odie el trabajo mal remunerado y esté más
pendiente de conseguir por la vía del menor esfuerzo, los objetos que necesitan
para aparentar solvencia y "clase".
Los
programas asistenciales del gobierno en ningún momento pretenden fortalecer
caudas electorales entre los más pobres, ni entre las fuerzas militares o de
policía a quienes decididamente han favorecido con posibilidades de educación y
ascenso en el escalafón independiente de los favores derivados de un
exclusivismo clasista.
Programas
como la Renta Básica a los adultos mayores, a las madres cabeza de familia o el
tan discutido "millón" para los jóvenes que dejen de delinquir,
obedece a una política social sustentada en programas de inclusión muy
diferentes al mero afán demagógico de "darle plata para que no mate, ni
atraque", como muchos creen.
La
realidad de la juventud popular colombiana obedece a una serie de tensiones
sociales de muy profundo arraigo en un país donde la violencia y el
desplazamiento afecta a más de siete millones de la población.
La
conformación de cordones de miseria en las grandes ciudades con la
correspondiente dinámica social a través del tiempo, ha llevado a que esta
franja cada vez más amplia busque un estado de equilibrio que por desgracia se
ha dado entre las posibilidades que una economía derivada del delito les ha
impuesto.
Muy
poca o casi nula, ha sido la presencia de políticas estatales de educación
formal y opciones de empleo, y si las hay, son evanescentes o de mala calidad.
La oportunidad de sobrevivir y escalar en oficios derivados del microtráfico o
el contrabando callejero - chazas y rebusque- fijaron para muchos de estos
muchachos una posibilidad de vida que se ha ido consolidando dándole
consistencia a comunidades que actualmente -casi cincuenta años después de la
aparición del narcotráfico- constituyeron
todo un estamento social con características muy propias, de ahí que el
interés por encontrar un trabajo formal o el deseo de estudio y superación
personal sea mínimo, y de intentarlo, se asume con desgano y desconfianza.
Esa es
la razón por la que el pequeño empresario que busca trabajadores o el dueño de
una finca que requiere un mayordomo o empleados para las faenas del día a día
digan: "nadie quiere trabajar pues no les interesa y menos cuando el
gobierno les da todo"
La
consecuencia social de la guerra y la constante actitud de exclusión y rechazo
de clase, ha creado una juventud resentida y golpeada por la falta de
oportunidades, el desarraigo y la miseria. Por ello
la explosión
social del 2020 - en plena pandemia- y de allí también el anhelo de un gobierno
inteligente que ha sabido leer en el corazón de una nación enferma -conducida
con la torpeza que da el odio y la venganza-, que no se puede continuar en los
mismos términos y que el viraje hacia otra forma de redención se hace urgente.
La paz
pactada inicialmente con treguas y una mesa de diálogo activa con las
guerrillas remanentes y las bandas multicrímen, se hace perentoria para seguir
construyendo un estado de paz y justicia. La importancia de asumir con
inteligencia y una adaptabilidad consecuente con las diferentes tensiones
propias de la economía subterránea, es un reto que tiene que saldar las deudas
sociales entre los diferentes actores. El deseo de seguir reprimiendo
militarmente el narcotráfico solo trae guerra, exclusión y miseria.
Los
índices de progreso derivados del inicio de las reformas agraria y tributaria
son evidentes: la producción interna ha aumentado y el dinero para inversión
social también, así mismo las reformas para lograr servicios de salud con más
proyección social y en la rama judicial - JEP y demás-, son notorias. También
ha disminuido el desempleo, el dólar va a la baja y la inflación terminará este
año en menos de un dígito; el turismo ha aumentado en un 29% y la entrega de
tierra al campesino ya bordea las 100.000 hectáreas fértiles con otro millón en
titulación.
La gran
herida falsamente saneada en la que se había convertido Colombia empieza a
cicatrizar. Ya no es sólo una clase la que tiene la posibilidad de vivir
sabroso. ¡Ahora parece que seremos todos!

