Deslizándose entre la locura cuerda, muy quijotesca por cierto, alejado de la sociedad consumista, sin apego por lo material, huérfano del dinero, pero dueño de una tranquilidad envidiable en sus quince mil metros cuadrados que encierran su parcela a la que llamó Arco Iris, vive el arquitecto Jairo Jaramillo González, a quienes muchos de sus amigos, comienzan a comparar con Einstein, por algunos rasgos físicos que los relacionan con el científico.
| Jairo Jaramillo González |
Jairo Jaramillo se matriculó en la Universidad Nacional para estudiar arquitectura, carrera que terminó en la Universidad Católica, luego de varias echadas épicas de la Nacional, por no meterse en el estuche de la conformidad en el que querían introducir a esa juventud ávida de nuevas experiencias y de exploraciones en lo prohibido, lo desconocido.
Chatarra
convertida en arte
|
En este giro que le diera a su existencia y, al lado del ingeniero civil, Gregorio Rentería Antoveza, Premio Nacional de Ingeniería, constructor del puente Helicoidal entre Dosquebradas y Santa Rosa de Cabal y La Herradura en Manizales, llegó a Urabá, donde vivió uno de los capítulos más enriquecedores de su existencia. “Hasta administrador de fincas bananeras fui” dice resignado a su pasado.
La casa del
Arco Iris |
En Urabá,
por allá desde 1984, dejó su huella en los puentes de: Pipor, Bedó, Chever,
Quebrada Honda, Tacidó, Chadó, Barro Negro, Guapá y en el de Río Grande entre
Apartadó y Turbo, el mismo que fue volado por la guerrilla, antes de ser
entregado oficialmente terminado al Instituto Nacional de Vías.
Luego
terminaría como administrador de una finca bananera en Apartadó: “Era el único administrador
que trabajaba sin bolso y sin revolver al cinto, solamente me acompañaba un
paquete de “Piel Roja” en el bolsillo de atrás, pues nunca dispararé un arma, ni siquiera para asustar a otro” cuenta.
En Bogotá se
conectó con la llamada carretera “Marginal al Llano” terminó haciendo puentes
entre Aguazul y Monterrey, siguiendo esta ruta de puentes y túneles por medio
país, sin dar tregua.
Luego
regresó a su tierra natal, el municipio de Calarcá en el departamento del
Quindío, con el propósito de no volver a salir.
Jairo
Jaramillo González iba tranquilo y sereno por el rumbo que le había dado su
vida, cuando de repente recibe el golpe fatal del que aún no se repone, su compañera
de viaje Ángela María, se la lleva un cáncer y lo deja de padre y madre de sus
dos hijos, gemelos para completar.
Se dedica a
terminar de criar a sus hijos, Daniel, ingeniero ambiental y David, un
administrador hotelero, ambos independientes y con 36 años de edad.
Hasta hormigas hay en la obra del escultor |
De una segunda relación, nació su estrella guía, Salomé, hoy con quince años, una mujer, sobrada en encantos y belleza, pero dueña de una dulzura y recia personalidad con los que supera los anteriores.
El Escultor
Desde niño,
Jairo Jaramillo González mostró su afición por la escultura, a los trece años,
elaboró su primera obra, un Cristo en hierros reciclados y por ahí marcó su
camino.
Ya retirado
de planos, hierros y cemento, se ha dedicado a darle vida a las herramientas
que otros desechan, por eso convierte en arte, en vacas, pájaros, renos y hasta
hormigas, picas, carretas, palas, azadones, cuchillos y cucharas, todo lo que
encuentra a su paso.
Más por
terapia y por no dejarse vencer del ocio, sigue trabajando en su taller, sin nada
que lo acose, “Mientras haya cobijo y techo, lo demás viene por añadidura” dice
con la tranquilidad que el tiempo va marcando sobre rostro ajado, pero reposado.
“Si antes
me hubiese dado cuenta que la vida era tan sencilla, tan elemental, sin
consumismo, hacía rato había dejado tanta prisa y me habría dedicado a vivir de
verdad”, agrega.
Los días de
Jairo Jaramillo González, trascurren entre las viejas melodías de Pink Floyd,
la banda británica que revolucionó el mundo cultural de la música en el siglo
XX, su taller de soldadura armando cuanta pieza se le ocurre con chatarra, en
su carpintería, leyendo lo que le caiga en sus manos y escuchando conciertos
continuos de pájaros, de la lluvia al caer sobre los árboles o simplemente
viendo pasar el tiempo imborrable de sus recuerdos.
Calarcá, febrero 02
del 2021.