miércoles, 3 de febrero de 2021

El Arquitecto de la chatarra y el reciclaje

En Calarcá encontramos al hombre que pasó de construir puentes, a elaborar pájaros, búhos, renos, vacas y hasta hormigas, con materiales reciclados.

Crónicas del Camino
Por: Wilmar Jaramillo Velásquez.

Deslizándose entre la  locura cuerda, muy quijotesca por cierto, alejado de la sociedad consumista, sin apego por lo material, huérfano del dinero, pero dueño de una tranquilidad envidiable en sus quince mil metros cuadrados que encierran su parcela a la que llamó Arco Iris, vive el arquitecto Jairo Jaramillo González, a quienes muchos de sus amigos, comienzan a comparar con Einstein, por algunos rasgos físicos que los relacionan con el científico.

Jairo Jaramillo González

Jairo Jaramillo se matriculó en la Universidad Nacional para estudiar arquitectura, carrera que terminó en la Universidad Católica, luego de varias echadas épicas de la Nacional, por no meterse en el estuche de la conformidad en el que querían introducir a esa juventud ávida de nuevas experiencias y de exploraciones en lo prohibido, lo desconocido.


     Chatarra convertida en arte

 

Pese al haber terminado todas sus materias y aprobado hasta los caprichos del plantel, simplemente no le dio la gana de graduarse, se enroló con uno de los ingenieros más prestigiosos del país y se largó a construir puentes por media Colombia.


En este giro que le diera a su existencia y, al lado del ingeniero civil, Gregorio Rentería Antoveza, Premio Nacional de Ingeniería, constructor del puente Helicoidal entre Dosquebradas y Santa Rosa de Cabal y La Herradura en Manizales, llegó a Urabá, donde vivió uno de los capítulos más enriquecedores de su existencia. “Hasta administrador de fincas bananeras fui” dice resignado a su pasado.

La casa del Arco Iris

En Urabá, por allá desde 1984, dejó su huella en los puentes de: Pipor, Bedó, Chever, Quebrada Honda, Tacidó, Chadó, Barro Negro, Guapá y en el de Río Grande entre Apartadó y Turbo, el mismo que fue volado por la guerrilla, antes de ser entregado oficialmente terminado al Instituto Nacional de Vías.

En este giro que le diera a su existencia y, al lado del ingeniero civil, Gregorio Rentería Antoveza, Premio Nacional de Ingeniería, constructor del puente Helicoidal entre Dosquebradas y Santa Rosa de Cabal y La Herradura en Manizales, llegó a Urabá, donde vivió uno de los capítulos más enriquecedores de su existencia. “Hasta administrador de fincas bananeras fui” dice resignado a su pasado.

 Dando vida al reciclaje


Por esos días de incursión en la construcción de obras civiles, montó su centro de operaciones en el municipio de Mutatá, en el Urabá Antioqueño, tierra promisoria, pero sacudida por una violencia demencial, en la que parecía todos contra todos.

Luego terminaría como administrador de una finca bananera en Apartadó: “Era el único administrador que trabajaba sin bolso y sin revolver al cinto, solamente me acompañaba un paquete de “Piel Roja” en el bolsillo de atrás, pues nunca dispararé un arma, ni siquiera para asustar a otro” cuenta.

Jairo Jaramillo González, cuando resolvió dar por terminada su estadía en Urabá, más por misión cumplida que por otra razón, hizo una breve pausa en el municipio de Cartago, al norte del Valle y de allí se lanzó a la capital de la república.

“La materia no se pierde, se transforma”     



En Bogotá se conectó con la llamada carretera “Marginal al Llano” terminó haciendo puentes entre Aguazul y Monterrey, siguiendo esta ruta de puentes y túneles por medio país, sin dar tregua.

Luego regresó a su tierra natal, el municipio de Calarcá en el departamento del Quindío, con el propósito de no volver a salir.

Se instaló en un santuario de hectárea y media, en inmediaciones de Calarcá  y la Tebaida, al que bautizó sin muchos rodeos “Arco iris”, allí se dedicó al cultivo de heliconias para la exportación, se endeudó con los bancos, llegó a tener 134 especies de heliconias, hasta que una bacteria importada de Costa Rica, arrasó no solamente su cultivo, sino con los del norte del Valle y los tres departamentos del eje cafetero.

Enseguida le cayeron los bancos para rematarle el pedazo de tierra donde nacía su Arco Iris, lo que lo obligó a salir de su exilio voluntario para volver a la construcción; algunos ingenieros amigos de la vieja guardia lo contactaron para construir el intercambiador del Megabus en Pereira, el acceso vial al Parque Industrial en esta misma capital, el puente Los Mandarinos también en Pereira y otras más en la ciudad de Medellín.

El Arquitecto, al lado de una de sus obras

Así vivió otros siete años,  hasta que pagó sus deudas con la banca y regresó al Arco Iris ya salvado de la rapiña financiera, donde prácticamente enterró profundamente sus anclas de viajero, para jamás volver a levantarlas.


A los 13 años incursionó en la escultura


El Golpe certero


Jairo Jaramillo González iba tranquilo y sereno por el rumbo que le había dado su vida, cuando de repente recibe el golpe fatal del que aún no se repone, su compañera de viaje Ángela María, se la lleva un cáncer y lo deja de padre y madre de sus dos hijos, gemelos para completar.

Se dedica a terminar de criar a sus hijos, Daniel, ingeniero ambiental y David, un administrador hotelero, ambos independientes y con 36 años de edad.

   Hasta hormigas hay en la obra del escultor


De una segunda relación, nació su estrella guía, Salomé, hoy con quince años, una mujer, sobrada en encantos y belleza, pero dueña de una dulzura y recia personalidad con los que supera los anteriores.

 El Escultor

Desde niño, Jairo Jaramillo González mostró su afición por la escultura, a los trece años, elaboró su primera obra, un Cristo en hierros reciclados y por ahí marcó su camino.

Ya retirado de planos, hierros y cemento, se ha dedicado a darle vida a las herramientas que otros desechan, por eso convierte en arte, en vacas, pájaros, renos y hasta hormigas, picas, carretas, palas, azadones, cuchillos y cucharas, todo lo que encuentra a su paso.

Más por terapia y por no dejarse vencer del ocio, sigue trabajando en su taller, sin nada que lo acose, “Mientras haya cobijo y techo, lo demás viene por añadidura” dice con la tranquilidad que el tiempo va marcando sobre rostro ajado, pero reposado.

“Si antes me hubiese dado cuenta que la vida era tan sencilla, tan elemental, sin consumismo, hacía rato había dejado tanta prisa y me habría dedicado a vivir de verdad”, agrega.

Los días de Jairo Jaramillo González, trascurren entre las viejas melodías de Pink Floyd, la banda británica que revolucionó el mundo cultural de la música en el siglo XX, su taller de soldadura armando cuanta pieza se le ocurre con chatarra, en su carpintería, leyendo lo que le caiga en sus manos y escuchando conciertos continuos de pájaros, de la lluvia al caer sobre los árboles o simplemente viendo pasar el tiempo imborrable de sus recuerdos.

El escultor no comercializa su obra, tiene poco interés por el dinero, “Por ahí hay muchas guevonadas mías, simplemente las personas las ven y se encarretan por ellas y las compran; aquí el asunto no es la plata” cuenta.

Máscaras de madera


Al preguntarle cuántos años tiene esta figura de piel cansada, que muchos de sus amigos comienzan a asemejar con la de Albert Einstein, responde en seco: "Todos juntos".

Calarcá, febrero 02 del 2021.