Cada día tengo menos amigos y los que me quedan son de un valor descomunal, unos están muy cerca y otros muy lejanos, pero todos permanecen conmigo, son el tesoro que he acumulado en muchos años.
Por: Wilmar Jaramillo Velásquez/ El Pregonero del Darién
Hace
algunos años me dediqué a depurar a mis amigos, a consolidarlos y hacer hasta
lo imposible por no abandonarlos, a uno de ellos lo perdí el año pasado, se lo
llevó el Covid, Ovidio López y le quedé debiendo una visita, por ingratitud de
mi parte, que le achaco al miedo a la pandemia por darme ánimos.
Son
muy pocos, pero son geniales, los encuentros con ellos son de gran riqueza
espiritual e intelectual, son terapia, alimento para el alma, unos están muy
cerca y la relación es muy habitual, otros están lejos, pero mantengo amplia
comunicación con ellos, para mí la amistad es filosofía de vida, aprendí a
conocer y disfrutar la verdadera amistad, son el tesoro más valioso que he
acumulado en años, de ahí su importancia.
Recuerdo
que hace un poco más de ocho años cuando tomé la decisión de abandonar el licor
en todas sus manifestaciones, la mayoría de mis llamados amigos se esfumaron,
resultó que eran amigos del licor, más no míos y fue así como se fueron
decantando, los que quedaron esos eran y ahí están.
No
se requiere de muchos amigos, pero su calidad debe ser excepcional y así son
los que me sobreviven.
Tengo
un enorme respeto por ellos, son como una familia, hacen parte de mi existencia
y con ellos compartimos aciertos y desaciertos, sufrimos y gozamos.
Hoy
por ejemplo visité a uno de ellos, Gonzalo Moreno, siempre me recibe en su Casa
Taller La Navarra de Apartadó, era una cita aplazada hacía varios meses, sabe
él que me fascina reposar en ese lugar, donde reina la paz, la naturaleza, el
arte, donde hay sosiego para el alma y donde uno se ve como sentado en otro
planeta tomando café y hablando de todo un poco.
No
sé cuántas tazas de café me tomé, pero fueron dos horas y media de un diálogo
irrepetible, mientras los pájaros trinaban en el amplio patio, viviendo a sus
anchas.
La
Casa Taller La Navarra se ha ido convirtiendo paulatinamente en un santuario
para la creación y el librepensamiento, cada vez más acogedora, más
inspiradora.
Me
alegró ver a Gonzalo pleno de optimismo, estrenando un acogedor consultorio
para comodidad de sus pacientes, totalmente concentrado en su libro próximo a
publicar, del cual me dio el honor de escribir el prólogo.
Lo
vi haciendo planes, un par de murales en Medellín, exposiciones, ajustes en su
casa, soñando, Gonzalo es una Ave Fénix moderna, que se levantó por lo alto y
que hoy vuela airoso como nuestro cóndor por los cielos andinos.
Gonzalo
es de esos amigos que también reconocen al ser humano en la amistad real y por
eso tenemos vínculos comunicaciones decodificados muy similares, sabe reconocer
al hipócrita, al fariseo.
Hoy quiero ratificar ese sentimiento de amistad con quienes me sobreviven, seguir alimentando con reciprocidad esos vínculos siempre sagrados para mí.
