domingo, 8 de agosto de 2021

La amistad como filosofía de vida

Cada día tengo menos amigos y los que me quedan son de un valor descomunal, unos están muy cerca y otros muy lejanos, pero todos permanecen conmigo, son el tesoro que he acumulado en muchos años.

Por: Wilmar Jaramillo Velásquez/ El Pregonero del Darién

Hace algunos años me dediqué a depurar a mis amigos, a consolidarlos y hacer hasta lo imposible por no abandonarlos, a uno de ellos lo perdí el año pasado, se lo llevó el Covid, Ovidio López y le quedé debiendo una visita, por ingratitud de mi parte, que le achaco al miedo a la pandemia por darme ánimos.

Son muy pocos, pero son geniales, los encuentros con ellos son de gran riqueza espiritual e intelectual, son terapia, alimento para el alma, unos están muy cerca y la relación es muy habitual, otros están lejos, pero mantengo amplia comunicación con ellos, para mí la amistad es filosofía de vida, aprendí a conocer y disfrutar la verdadera amistad, son el tesoro más valioso que he acumulado en años, de ahí su importancia.

A comienzos de este año y, en medio de uno de los picos más críticos de la pandemia, recorrí casi medio país para visitar a un par de amigos en apuros de salud y fue reconfortante verlos y departir con ellos.

Recuerdo que hace un poco más de ocho años cuando tomé la decisión de abandonar el licor en todas sus manifestaciones, la mayoría de mis llamados amigos se esfumaron, resultó que eran amigos del licor, más no míos y fue así como se fueron decantando, los que quedaron esos eran y ahí están.

No se requiere de muchos amigos, pero su calidad debe ser excepcional y así son los que me sobreviven.

Tengo un enorme respeto por ellos, son como una familia, hacen parte de mi existencia y con ellos compartimos aciertos y desaciertos, sufrimos y gozamos.

Hoy por ejemplo visité a uno de ellos, Gonzalo Moreno, siempre me recibe en su Casa Taller La Navarra de Apartadó, era una cita aplazada hacía varios meses, sabe él que me fascina reposar en ese lugar, donde reina la paz, la naturaleza, el arte, donde hay sosiego para el alma y donde uno se ve como sentado en otro planeta tomando café y hablando de todo un poco.

No sé cuántas tazas de café me tomé, pero fueron dos horas y media de un diálogo irrepetible, mientras los pájaros trinaban en el amplio patio, viviendo a sus anchas.

La Casa Taller La Navarra se ha ido convirtiendo paulatinamente en un santuario para la creación y el librepensamiento, cada vez más acogedora, más inspiradora.

Me alegró ver a Gonzalo pleno de optimismo, estrenando un acogedor consultorio para comodidad de sus pacientes, totalmente concentrado en su libro próximo a publicar, del cual me dio el honor de escribir el prólogo.

Lo vi haciendo planes, un par de murales en Medellín, exposiciones, ajustes en su casa, soñando, Gonzalo es una Ave Fénix moderna, que se levantó por lo alto y que hoy vuela airoso como nuestro cóndor por los cielos andinos.

Gonzalo es de esos amigos que también reconocen al ser humano en la amistad real y por eso tenemos vínculos comunicaciones decodificados muy similares, sabe reconocer al hipócrita, al fariseo.

Hoy quiero ratificar ese sentimiento de amistad con quienes me sobreviven, seguir alimentando con reciprocidad esos vínculos siempre sagrados para mí.