miércoles, 10 de noviembre de 2021

Retomaré los pinceles para nunca soltarlos

En una casa enclavada en un bosque primario, bajo el canto tenue y arrullador de una quebrada cristalina que baja rauda por las faldas de Santa Elena en Medellín, vive la artista plástica, Beatriz Elena Jiménez Valencia, tan ágil con la palabra como con el pincel.

Por: Wilmar Jaramillo Velásquez/El Pregonero del Darién

Beatriz Elena Jiménez Valencia no pudo ubicar un lugar más perfecto para la inspiración, la serenidad del alma y la paz espiritual, que un pedazo de bosque bordeado de una quebrada que le canta al oído las 24 horas del día y que por momentos le hace olvidar que el mundo existe, ese mundo del ruido y de las prisas cotidianas de los humanos.

Beatriz Elena Jiménez

La casa se llama “El Tutuy” y está en las faldas que conducen de Medellín hacia Santa Elena, lugar tradicional de los silleteros, mirador y pulmón de la capital paisa.

Allí nos recibe una mujer amable, serena como su bosque, sus orquídeas acabadas de florecer, sus gatos y su perro; como el aire que se respira y como la hospitalidad que nos brinda.

La casa es bonita, agradable sin más ostentaciones que sus jardines, su ventana hacia Medellín bulliciosa, sus cuadros y sus pinceles. Es la casa de una artista plástica, adecuada para pensar y crear, el estudio que todo artista envidiaría.

Mientras ella prepara el café iniciamos una prolongada conversación que se fue extendiendo con las horas del día, es tan ágil con la palabra como con el pincel.

Nació en Puerto Berrío, se crió en Medellín, vivió en Apartadó, donde sus padres estaban dedicados al negocio farmacéutico y donde según ella el clima no la quiso mucho, la castigó hasta con paludismo. En este municipio vivió un tiempo corto hasta llegar a Medellín.

Obra de Beatriz Elena

“Siempre he estado pintando, desde que estaba en bachillerato, no era buena para las matemáticas, entonces cambiaba tareas por dibujos, así comencé, inspiraba en cualquier cosa, pintaba en los cuadernos, terminado el bachillerato me casé y nunca pinté una obra, pero al otro día haberme separado ya estaba dedicada al arte” cuenta.

Beatriz viene de familia de aristas, su madre fue una pintora y artesana excepcional, lleva el sello de la plástica en los genes.

Arte y tango

Derecho

Mientras agotamos la primera taza de café, Beatriz relata que se hizo abogada en la Universidad Autónoma y que cada año alternada sus estudios con exposiciones en la biblioteca de la Universidad, sus conocimientos y habilidades con la plástica son empíricos, aunque se ha cruzado con maestros, como Gilberto Uribe, Patricia Vélez, Arteaga y con Julio Londoño en escultura, entre otros.

“En el arte soy autodidacta, me he formado con profesores particulares, he ido teniendo algunos reconocimientos como el Premio Juan del Corral de la Alcaldía de Medellín, el Premio Internacional Iberoamericano a la Trayectoria Nevado Solidario de Oro en Argentina, otro en España y en estos momentos tengo obras en diferentes países, he salido a pasantías a España he tenido obra en Argentina, en Perú, España, México y en Estados Unidos”

Para Beatriz los mejores momentos de su vida artística los vivió en la Universidad Autónoma, recuerda las exposiciones allí, donde le abrieron las puertas.

"Nunca he dejado de pintar"

También conserva como la más emblemática una exposición realizada en el Planetario de Medellín en el año 2007, justamente cuando muerte su hija.

“Mi hija se me murió y yo tenía una exposición individual a los 15 días y fue como la más sentida, estuvieron mis grandes amigos acompañándome, quince días después de haberse muerto la niña, estuvo Rangel, el equipo de los que estudiábamos en el taller de Julio Londoño estuvieron conmigo; ósea me acompañaron plenamente”

Beatriz fue duramente golpeada emocionalmente tras la pérdida de su hija, se encerró en su finca de Santa Elena tres años a pintar, a desahogarse, a exponer su obra, hasta que tuvo un momento de reflexión y volvió a ejercer el derecho, más para no morir con su hija que por otra razón.

Volvió a vivir, a darle un nuevo aire a su existencia, retomó de nuevo su profesión de abogada, sin dejar jamás el arte, combinando las dos profesiones, aunque su sueño es terminar como una artista plástica consagrada y por tiempo completo.

Beatriz ha trabajado técnicas como el óleo, la acuarela, el acrílico, aunque prefiere el óleo, y se ha alejado un poco de la acuarela.

Al preguntarle cuál artista colombiano admira y cuál del exterior, no vacila un segundo en profesar su admiración por Rangel Gutiérrez, a quien llama cariñosamente “El Negro Rangel,” suspira levemente al citar a Miguel Ángel y a Vicent Van Gogh, clásicos que no se pueden borrar ni olvidar, según ella.

Vivir para pintar

Como toda artista y profesional organizada, Beatriz tiene una rutina establecida que incluye levantarse a las cuatro y media de la mañana, bajo el inclemente frío de Santa Elena, salir a caminar por el bosque, regresar tipo sesí o seis y treinta, desayunar y comenzar sus actividades como abogada, los fines de semana dedicados a la pintura o de noche, pues siempre mantiene al pie de su cama el kit de acuarela, para cuando la inspiración llame.

“Hoy trabajo la acuarela en formatos muy pequeñitos y cada que me siento estresada termino untándome de pintura y si no puedo pintar, pues voy a la peluquería para que me echen los colores en el pelo, pero igual tengo que tener colores por cualquier parte” dice bastante emotiva.

Beatriz ratifica que habita un lugar inspirador: “Si estoy estresada me salgo, escucho la naturaleza escucho los pájaros, el gallo, el mismo perro que tengo y la quebrada, el ruido de la quebrada para mi es demasiado relajante”

Un paraíso inspirador

No es para más, este lugar debió haber sido formado por la naturaleza para inspirar, para respirar aire puro, para escuchar las sonatas de una quebrada cristalina que no para de cantar, de unos árboles gigantes que se levantan como una muralla protectora para evitar la invasión de casas y de ruido que salen de Medellín y que se extienden por los cuatro puntos cardinales, son como una contención.

En este remanso, en esta réplica de paraíso vive Beatriz con su hijo, con su perro Piter Albeiro, nombre plagiado de las comunas donde se da silvestre, su gata Linda y el gato de su hijo que se llama Pantalones, pero al que todos le dicen calzones, pero entiende, que es lo importante.

La artista tuvo una época en que vivía de la pintura, hoy trabaja menos comercial, aunque vende obras, su profesión de abogada le ha robado parte del tiempo, el cual aspira recuperar muy pronto para tomar los pinceles y no volverlos a soltar.

Beatriz hace parte de un grupo artístico de Medellín conocido como Génesis en el que están comprometidos entre otros, el maestro Miguel Ángel Betancurt, el maestro Gamboa, el maestro Pedro Murillo, un equipo que se constituyó en su familia.

Arte y tristeza

Así concluye la visita al “Tutuy”, una fuerte corriente helada baja de Santa Elena, el canto de la quebrada se torna más agudo, el viento sacude con fuerza los gigantescos árboles, las hojas se desprenden a voluntad, vuelan libres y lentas, es el mensaje de la naturaleza diciendo hay que partir, atrás queda Beatriz, escoltada por su perro, el bosque, la quebrada y sus pinceles, bocetando en sus pensamientos lo que será la nueva obra, su nueva creación.

Una ventana a la Medellín bulliciosa

Santa Elena- Noviembre/2021.