Un genocidio que sacude la comunidad internacional, pero en Colombia aún quedan sectores entregados al negacionismo, intentando tapar el sol con las manos.
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| El mundo sigue conociendo el infiorme de la Comisión de la Verdad |
El
Consejo de Seguridad había ya venido a Colombia. Ustedes habían puesto su
confianza en el sistema de verdad, justicia, reparación y no repetición que
nosotros, la Comisión de la Verdad de Colombia, formamos con la Jurisdicción
Especial para la Paz y con la Unidad para la Búsqueda de Personas
Desaparecidas. Hoy regreso ante ustedes con ocasión del Informe trimestral
sobre el proceso de paz en Colombia que entrega la Misión de acompañamiento
presidida por Carlos Ruiz Massieu. Y he venido para decirles que hemos
concluido la tarea que recibimos por el acuerdo de paz entre el Estado
Colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc-EP. Tarea
que ustedes han apoyado unánimemente.
Aquí
está la conclusión de esta tarea. En nombre de mis compañeros y compañeras de
la Comisión de la Verdad, y también recogiendo el sentimiento de millones de
colombianos y colombianas víctimas de la guerra, traigo una palabra de gratitud
y agradecimiento para todos ustedes, pueblos reunidos en las Naciones Unidas y
ciudadanos y ciudadanas del planeta. Traemos una palabra de verdad desde
Colombia que tiene repercusiones para la comunidad de naciones. Es un mensaje
de dolor y al mismo tiempo una palabra valiente, que muestra desde el ser
humano herido por la guerra, y desde la naturaleza herida, un camino audaz y
obligatorio para construir juntos una nación en paz desde nuestras diferencias,
y un mundo nuevo que llene de alegría a los niños y niñas de hoy y de mañana,
donde haya lugar a la esperanza.
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| La Comunidad internacional apoyó siempre la Comisión de la Verdad |
Hemos
escuchado durante cuatro años el sufrimiento que en Colombia ha dejado la
guerra interna. Hemos oído más de 30.000 testimonios individuales y colectivos
de todos los lados en un país dividido, y leído más de mil informes llegados
sobre todo de comunidades víctimas al interior de Colombia y en 24 países donde
hay exiliados colombianos. Una multitud de más de 10 millones de personas ha
sido afectada de diversas formas por esta guerra.
Las armas de la guerra mataron entre estas víctimas a 450.000 personas entre 1985 y el año 2018. Y el 80% de todos los afectados, sobrevivientes y asesinados no eran soldados ni guerrilleros sino población civil sin armas. Así es la guerra. Siempre contra la población civil. Hemos oído múltiples testimonios de los 50.000 secuestrados y de bastantes de los miles de niños y niñas llevados a la guerra, donde la responsabilidad de la guerrilla fue máxima; y conocido de las desapariciones forzadas y de los llamados falsos positivos, donde la responsabilidad del Estado es directa. Hemos estado en los lugares de las más de 4.000 masacres, algunas de más de cien personas, donde se destruyeron poblaciones enteras y donde la barbarie de los paramilitares es mayoritaria.
Hemos caminado junto a grupos de la multitud de más de 8 millones de personas desplazadas; al lado de centenares de mujeres de las miles cuyos cuerpos fueron utilizados como campos de guerra; de campesinos a quienes les quitaron la tierra, de comunidades indígenas y afrocolombianas y RROM que fueron golpeadas en mayor proporción que otros en el conflicto armado donde se incrementa el racismo.
Nos duele ver que todo esto se conocía en Colombia, lo sabía el mundo, lo vimos en televisión y lo oímos en la radio, pero lo dejamos pasar durante 50 años como si esta barbarie no fuera con nosotros. Excepto, sí, las luchas de muchas personas que no se dejaron amedrentar por el miedo y que siguen gritando: paren esa guerra, paren de todos los lados, párenla ya. Y que claman como las mamás de los jóvenes no combatientes que fueron asesinados y presentados por sus victimarios como guerrilleros muertos en combate: “¿quién dio la orden?” Pero no nos hemos limitado a oír. Hemos buscado respuestas a las preguntas:
¿Por qué pasó esto? ¿Qué afectaciones produjo a las personas, a la naturaleza, a la democracia? ¿Quiénes y cómo lo causaron? ¿Qué podemos hacer para que no se repita? La búsqueda de respuestas a estas preguntas nos ha permitido comprender el porqué de los daños causados a la vida, a la calidad de la vida, a la democracia, a la cultura y a la naturaleza, y entender por qué el conflicto trata de prolongase y continuar como lo muestran más de mil líderes sociales asesinados junto a 333 hombres y mujeres de la antigua guerrilla de las Farc-EP que firmaron la paz.
Hemos comprendido que la guerra nunca es simple, que los actores armados lo hacen al interior de un sistema donde las decisiones son condicionadas o determinadas por intereses y propósitos culturales, políticos, económicos, militares, burocráticos y criminales. Hemos encontrado que en el origen y continuación de la guerra hay un vacío ético, un olvido de la grandeza humana de cada persona, de cada familia, de cada pueblo, de cada ser viviente, del valor absoluto incomparable de cada hombre y cada mujer que vale más que todas las armas del mundo.
La guerra daña todo lo que toca. Daña a los agredidos y a los que agreden. Hemos comprendido que en el caso colombiano es necesario cambiar el sistema de seguridad. Desde un principio, hace más de 60 años, establecimos que la seguridad se daba por las armas y que los conflictos entre ciudadanos, que son un conflicto político y se solucionan en el diálogo y la negociación, nosotros los resolvíamos con las armas. Y nuestra seguridad se volvió una seguridad armada, de nunca acabar, porque la seguridad armada siempre pide más armas y más justificaciones en muertos.
Hicimos seguridad armada para dar seguridad al poder, a los aparatos, a las propiedades, a las empresas –claro que hay que proteger a las empresas–; incluso una seguridad para cuidar a la misma burocracia armada. Pero no hubo seguridad para cuidar a las personas, al ser humano. Por eso en la guerra colombiana, de cada diez muertos 8 fueron civiles, fueron víctimas las selvas, los ríos, las montañas de las minas antipersona, como lo fueron los miles Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. de jóvenes colombianos, de los dos lados del conflicto, que se enfrentaron en la guerra siempre inútil. Por eso pedimos hoy que haya ejército y policía para la paz, no para la guerra. Y pedimos a la comunidad internacional que no nos den nada para la guerra. Queremos hacer de Colombia un paradigma mundial de reconciliación después de tanto sufrimiento.
En Colombia la guerra se empapó de narcotráfico. Y como estamos metido en el “modo guerra”, tomamos de otros países consumidores de droga la idea de que el narcotráfico es un asunto de seguridad nacional y, por tanto, un asunto que se resuelve por la guerra. Y nos unimos a quienes llamaron a destruir al campesinado que se refugia en la coca porque lo hemos dejado empobrecido y despojado de la tierra y capital, el campesino que es el eslabón más débil de la cadena de intereses que se mueven en el narcotráfico. La Comisión pide terminar la guerra contra el narcotráfico y pide comprender lo equivocado de la pretensión de que el prohibicionismo armado puede detener al narcotráfico cuando lo que hace es aumentar las ganancias del negocio.
Desde el clamor de las víctimas en Colombia pedimos la colaboración, en responsabilidad compartida de las naciones consumidoras, para capturar a los grandes mafiosos y llevarlos a procesos de sometimiento a justicia transicional, donde entran con la declaración pública de la verdad sobre las alianzas políticas, económicas y militares y de bancos, para sus negocios y a reparar con su dinero a todas las víctimas. E invitamos, con muchos otros en el mundo, a avanzar hacia la regulación de mercados y a la responsabilidad de educación y salud pública mundial sobre un asunto que afecta a todos, como aprendimos a cuidarnos colectivamente del COVID.
Pedimos que se entienda la conexión del narcotráfico con la corrupción. Porque el dinero criminal compra gobernadores, alcaldes, jueces, policías, guerrilleros y militares. Y contribuye a generalizar la corrupción a otros niveles. Hemos comprendido que la solución al conflicto armado se hace desde el respeto a cada persona como un ser igual y que debemos respetar a cada niño y niña indígena y afrocolombiano con la misma determinación con que se respeta y cuida a los presidentes, a los grandes ricos, a los doctores, a las personalidades, a los generales de los ejércitos.
Que se caigan todos los cultos a las personalidades y a las dignidades y nos amemos y respetemos unos a otros como portadores de la misma dignidad. Y que en Colombia y en el mundo todos y todas contribuyamos a impulsar una nueva ética basada en la dignidad humana, y la apoyemos desde todas las tradiciones espirituales. Miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: somos optimistas.
Hay una juventud en Colombia que ha tomado
este legado. Una juventud por la paz y por la protección de la vida en todas
sus formas. Hay en nuestro país más de un millón de mujeres, de indígenas y
afrocolombianos, de educadores y líderes religiosos, de personas LGBTIQ+, de
universidades y nuevos empresarios, de jueces y juristas, de artistas y
sindicatos, de defensores de derechos humanos e iglesias que se suman. Hay
todavía un camino largo por recorrer, pero Colombia lo ha emprendido al estar
aceptando sin miedo la verdad histórica de su propia tragedia, y la
determinación de mirar hacia Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la
Convivencia y la No Repetición. adelante, hacia el futuro que vamos a construir
desde el aceptar nuestras heridas para enriquecer lo que somos como cultura,
como pueblo apasionado por la creatividad y el arte y la libertad y la
producción de la vida. Y que ojalá que la lección de Colombia nos aleje de las
guerras de todos los lados para siempre y nos lleve a buscar apasionadamente la
verdad y la dignificación del ser humano. Para Colombia y para el mundo hay
futuro si hay verdad.
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