sábado, 2 de febrero de 2019

Las vicisitudes de un año electoral

Editorial febrero:

Este año viene cargado de varios componentes de vital importancia para la provincia colombiana, toda vez que se renovará el poder local, desde gobernadores, alcaldes y concejos municipales. 

Wilmar Jaramillo Velàsquez
Mucho antes de las autoridades competentes dar la largada a los diferentes aspirantes a cargos de elección popular, estos arrancaron a disputarse el favor del electorado, haciendo uso de diferentes estrategias. La plaza pública está que arde. 

Urabá se caracteriza por la pasión y el entusiasmo que los electores le inyectan al proselitismo político, especialmente en municipios como Chigorodó, Apartadó y Turbo. No han valido en otras ocasiones y estamos seguros que ahora tampoco valdrán de nada, los llamados a realizar una campaña limpia basada en las ideas, en los programas de gobierno realizables, a la civilidad, pero al menos si queremos insistir que no se vuelva por el nefasto camino de aniquilar al contrario. 

La mayoría de los candidatos abusan y utilizan la falta de educación, de cultura política del electorado, la desinformación de los medios de comunicación; el abuso y libertinaje de las redes sociales, para descalificar, insultar y agredir de manera permanente al opositor. 

La compra de votos, la entrega de prebendas al electorado, que van desde dinero, mercados, tamales, licor o paseos, no se ha podido erradicar y son décadas que esta llamada democracia se mueve en este laberinto, ante unos ojos casi siempre ciegos de los organismos de control y otras autoridades de adorno, que más bien parecieran disfrutar del grotesco festín o dirigidas a sancionar tontos, sin padrinos políticos. 

“Denuncien” es la desgastada frase de cajón, pero el ciudadano nunca ve los resultados de sus quejas, cuando no es que se choca contra una barrera de archivo de investigaciones y absoluciones retorcidas, en las que se ve claramente, como se saltan los códigos a los brincos, para favorecer a determinadas mafias políticas. 

En este orden de ideas, los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad social, ética y moral y aunque todos ellos politizados, al menos si se deben ajustar a la ley en cuanto a la participación de todos los partidos por igual y dejar de cargar la balanza para el patrono que le extiende generosos cheques, esa venta, ese mercadeo de la información, también está regulado por la ley, también se castiga con severas penas y multas pecuniarias. Siempre hemos dicho que el periodista y los medios de información, no tienen patente de corso para saltarse la ley, y en eso la Carta Política del 91 fue muy clara. 

Hablando de Urabá, una región que ha sido tan duramente castigada por la violencia, debería haber aprendido la lección y abrirse definitivamente a la paz y la convivencia como su bien más preciado, recordemos que la violencia demencial padecida, solamente sirvió para el enriquecimiento de unos pocos, con la ruina de la mayoría, con el desplazamiento y el despojo de los campesinos. 

Es responsabilidad de los llamados líderes políticos de la zona, si es que en realidad lo son, avanzar y seguir trabajando en este sentido y que miren seriamente que tipo de región, de futuro es que le quieren dejar a las nuevas generaciones, donde desde luego están sus hijos, sus nietos.