lunes, 7 de febrero de 2022

Colombia no escapa a la persecución a sus periodistas

A propósito del Día Clásico del Periodista este nueve de febrero, publicamos el siguiente análisis cedido por el portal Connectas, el cual nos muestra la cruda realidad, que tampoco es nueva.


Por Carlos Gutiérrez/Connectas

 Esa mañana de 2019, ella se presentó en la conferencia matutina del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Hablando fuerte y claro, le pidió ayuda al mandatario porque se sentía amenazada por un exgobernador. Y como presagiaba, en enero de 2022 Lourdes Maldonado recibió un balazo, afuera de su casa. Su muerte llenó de indignación al gremio periodístico, que salió a las calles a manifestar con dolor, coraje… y miedo. 

El homicidio de Mendoza puso en evidencia el desdén del gobierno por las agresiones que sufren los periodistas mexicanos y se unió a los de José Luis Gamboa, Margarito Martínez y Roberto Toledo, también perpetrados este mes. Se suman a los 145 crímenes de profesionales de la información cometidos en México entre 2000 y 2021 con un “posible vínculo por su labor”, según la organización Artículo 19. De estos homicidios, 29 han ocurrido en los tres años de la administración actual.

Para el periodista y académico Darwin Franco la situación no solo es “grave” sino que se trata de un tipo de violencia constante e, incluso, sistemática. “​​Lo que se busca mediante una agresión, un asesinato o la desaparición de un periodista es acallar aquella verdad que se quiere dar a conocer y, por lo tanto, impedir que las personas sepan. La agresión o la muerte de un periodista tiene una consecuencia de carácter social porque las personas no pueden saber lo que este periodista sabía o estaba investigando”.

Ya lo había planteado António Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, en su discurso del Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra los Periodistas, en noviembre de 2020: “Cuando se ataca a un periodista, toda la sociedad paga el precio. Si no protegemos a los periodistas, nuestra capacidad para mantenernos informados y adoptar decisiones fundamentadas se ve gravemente obstaculizada. Cuando los periodistas no pueden hacer su trabajo en condiciones de seguridad, perdemos una importante defensa contra la pandemia de información errónea y desinformación que se ha extendido por internet”. 

Y lo peor, la delicada situación del ejercicio periodístico en México no es un caso aislado, pues hay agresiones a periodistas en casi toda la región latinoamericana. En Nicaragua, por ejemplo, solo entre el 15 de julio y el 15 de diciembre de 2020 el Observatorio de Agresiones a la Libertad de Prensa recibió la denuncia de violaciones a los derechos humanos de 66 periodistas. Gran parte de las agresiones fueron cometidas por policías, paramilitares y partidarios fanáticos del gobierno. Además, el Observatorio reporta que “aumentaron las denuncias de amenazas en redes sociales, de hostigamiento, persecuciones y tortura psicológica para intentar persuadirles de no seguir informando. Igualmente, se documentó que ser periodista profesional de la comunicación o defensora de derechos humanos es motivo de censura, interrogatorios y detenciones arbitrarias en sitios públicos y en casas de habitación”.

Por su parte, el diario La Prensa –que ha sufrido particularmente la persecución del régimen de Daniel Ortega– dio a conocer su Informe de violaciones a la libertad de prensa 2021, en el que contabiliza 702 incidentes de abuso del poder estatal en Nicaragua, durante ese año, similar a lo sucedido en 2018, cuando se contabilizaron 712 casos. 

En Colombia, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) documentó, únicamente de abril a julio de 2021, 181 agresiones a periodistas cometidas por la fuerza pública y 79 agresiones de particulares. Para Jonathan Bock, director ejecutivo de la organización, ese año marcó un punto de inflexión frente al trabajo periodístico y las garantías en Colombia. 


Ese clima de violencia tuvo que ver principalmente, según Bock, con los esfuerzos de ciertos funcionarios por evitar que salieran a la luz los videos de las manifestaciones masivas desatadas por la reforma tributaria. Recuerda que más de 45 personas murieron durante las protestas. “Era fundamental garantizar el trabajo de la prensa y eso no sucedió”, denuncia. 

Para Bock, en Colombia el gobierno transmitió un mensaje estigmatizante sobre el contenido de redes sociales. Eso desató una política de cyber patrullaje o monitoreo de los mensajes y del contenido de las redes para determinar lo que el gobierno calificaba como “fake news”. Una política que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) rechazó durante una visita a ese país. 

En la región latinoamericana existen problemas antiguos y nuevos “que nos obligan a mantenernos en un estado de alerta”, previene Ricardo Uceda, director ejecutivo del Instituto Prensa y Sociedad (IPYS), de Perú. Entre los primeros ubica los asesinatos a periodistas cometidos por el crimen organizado; se refiere específicamente al caso mexicano. También menciona lo ocurrido en estados autoritarios como Cuba, Nicaragua y Venezuela, donde los periodistas son sistemáticamente perseguidos y encarcelados. 

Por su parte, Darwin Franco encuentra tres tipos de agresión contra los periodistas: 1) las que vienen de los agentes del Estado, que puede incluir querellas legales o penales y hasta espionaje, como el caso Pegasus, el software especializado que Israel solo vende a gobiernos.  2) Las del crimen organizado, que crea “zonas de silencio donde los periodistas saben que no pueden hablar o decir algo porque está en juego su vida”. 3) Las violencias internas, generadas por los propios medios de comunicación, “por los compromisos que tienen los dueños con el capital o con el poder político”.

Gómez ubicaba a México como el lugar más riesgoso para ejercer la profesión. Ahí –apuntó–, corren la peor suerte los periodistas que trabajan para medios pequeños o regionales, informadores que casi pasan inadvertidos. “De todos nos hemos enterado de sus nombres, de sus apellidos o de si estaban casados o de si en ese momento llevaban a su hija al colegio, el día que los asesinan; el resto del tiempo son un nombre pequeño, a veces incluso unas iniciales con una tipografía mínima porque como que eso no es relevante. Pues esas personas que pertenecen a periódicos locales, son los periodistas locales mexicanos los que ponen los muertos; son los periódicos locales, pequeñitos y sin grandes medios, los que ponen los muertos por ser periodistas en México”.  Una reflexión aplicable a muchos otros países de la región, como Colombia.

Comúnmente se piensa que quienes cubren temas de política o seguridad son los más expuestos a este tipo de violencias, pero no todos cubren estas fuentes. Es el caso de “compañeros que hacen trabajos en medio ambiente y que después han muerto asesinados o desaparecidos por denunciar una extracción ilegal de hidrocarburos o minerales o de recursos como madera. El crimen organizado y los intereses económicos vinculados a ello están tan imbricados en diversos escenarios que uno podría señalar que no hay un área del periodismo que esté cien por ciento segura”, puntualiza Darwin Franco.

El Estado no debe limitarse a tomar medidas cuando ya el periodista ha sido agredido o asesinado. Hay acciones de prevención dirigidas a “atacar algunas de las causas profundas de la violencia” contra los comunicadores y contra la misma impunidad, dice la CIDH.

 La CIDH también recomienda instruir a las fuerzas de seguridad sobre el respeto al trabajo de los periodistas y adoptar mecanismos de prevención “adecuados” que permitan evitar la violencia contra ellos. Se debe respetar el derecho de los periodistas a la reserva de sus fuentes de información y sancionar penalmente la violencia contra ellos.

Carlos Gutiérrez

La violencia contra los periodistas latinoamericanos provoca una percepción de terror que daña aún más la de por sí ya pauperizada democracia de los países. Lo hace porque busca ocultar la verdad, silenciar las voces críticas, preservar la corrupción. Toca a las sociedades levantar la voz, y al Estado garantizar la seguridad de los comunicadores, así como investigar y hacer justicia para los que han terminado convertidos en mártires de la democracia. (Fuente Connectas)

*Carlos Gutiérrez

Periodista mexicano. Miembro de la Mesa Editorial de CONNECTAS. Doctor en Lenguajes y Manifestaciones Artísticas y Literarias, y Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano por la Universidad Autónoma de Madrid. Maestro en Artes Escénicas por la Universidad Veracruzana y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.