La revista Cambio cae como gota de bálsamo en la herida al periodismo, a la democracia y a la libertad de expresión causada en el corazón de los colombianos por Semana.
Por: Wilmar Jaramillo Velásquez/El Pregonero del Darién.
Completando
los tres artículos previos al Día Clásico del Periodismo anunciados por este
portal, quiero como ha sido costumbre durante muchos años, compartir algunas
reflexiones sobre el ejercicio de esta profesión.
No
creo que sea coincidencia, pero el relanzamiento de la Revista Cambio, cuatro
días antes de la conmemoración, la hace mucho más significativa, le da un aire
fresco y enorme, después de la puñalada que la Revista Semana le ha propinado
al periodismo y a las libertades en general, al ponerla al servicio de un
partido y en especial de un individuo.
En
aras a la democracia y a las mismas libertades, la extrema derecha colombiana tiene
derecho a tener un medio de comunicación a su servicio para ventilar su
pensamiento y sus negocios, siempre y cuando lo haga respetando la ley, y todo
ese discurso que encierra la libertad de expresión, utilizado casi siempre para
privilegiar a unos y acallar a otros.
Y
en ese mismo marco, el resto de los colombianos igualmente tienen derecho a
estar informados sin esas maquinaciones y manipulaciones de la información. De
ahí el buen recibo a la Revista Cambio, su gran acogida, además de haber hecho
su entrada triunfal con toda una artillería periodística.
La
presencia de Patricia Lara y Daniel Coronell, entre todo su selecto equipo de
periodistas, colaboradores y técnicos, son garantía para que los colombianos estemos informados,
no manipulados.
Daniel
Coronell ha sido mi Ryszard Kapuscinski criollo, así se mofen algunos colegas,
pese a críticas que públicamente he hecho en ocasiones; nos ha enseñado a
diferenciar la publicidad de la información, su temple y olfato investigativo,
su rigor, son una escuela permanente de periodismo.
Entra
Cambio a llenar un enorme vacío dejado por Semana, la otrora revista insignia
del periodismo colombiano, hoy convertida en folletín de un partido político y
su jefe, tendremos la seguridad que aquello que tape o intente tapar y
manipular Semana, Cambio lo investigará y publicará con seriedad y
responsabilidad, eso nos permitirá movernos entre equilibrios periodísticos más
sensatos.
Lo
anterior para referirnos a lo que algunos analistas han denominado “La
resurrección de Cambio”
Siguiendo
con el Día del Periodista, nuestro país en el actual gobierno, un mandato
esquivo con las libertades en todas sus manifestaciones, no sale bien librado
del escrutinio de varios organismos nacionales e internacionales como la
Fundación para Libertad de Prensa (FLIP) que, en un solo mes, abril del 2021,
documentó 181 agresiones contra periodistas por parte de la fuerza pública y 79
atribuidos a particulares. Esta escalofriante cifra habla sola del riesgo que
corre en Colombia el ejercicio de un periodismo real.
Desde
otro ángulo del análisis y trasladándonos a la parroquia, podemos decir que los
riesgos han sido menos, por razones trágicas para la profesión, pues al
desaparecer el periodismo investigativo, el análisis riguroso, el que
cuestiona, que indaga, que, contra pregunta, que informa, desde luego que
desaparecen los riesgos.
En
la medida que el periodista se acomoda a los intereses de sus patrocinadores,
que transforma publicidad en información y discretamente se va acomodando al ritmo
que le van marcando especialmente los políticos que son finalmente los más
corruptos y con más capacidad de corromper, pues navegan en los dineros
públicos y eso les facilita su accionar; así estos periodistas no tendrán
ningún problema para ejercer su tarea.
A
esta dura realidad que vive nuestro periodismo se suman otros males de los
cuales ya hemos hablado en otras ocasiones, la autocensura y el acoso judicial,
como el que vive hoy el periodista, Gonzalo Guillén, objeto de un montaje bien
elaborado para intentar destruirlo y cobrarle las valerosas denuncias que ha
hecho del actual régimen y sus aliados.
Los últimos dardos clavados por la delincuencia de todos los pelambres.
Con
la autocensura, el periodista conoce la realidad, las conductas dolosas de sus
dirigentes, las actividades ilícitas de algunos empresarios, pero termina
callando por temor, por salvaguardar su vida y la de su familia.
Son
estos algunos de los líos con los que los buenos periodistas, que son muchos
por fortuna, deben lidiar a diario para sobrevivir en esta maraña de la
delincuencia, del crimen organizado, que azota nuestra patria.
Este
nueve de febrero como todos los años, peor coincidiendo con la campaña política,
habrá francachela y habrá comilona, sobrarán las invitaciones, a mí por fortuna
cada vez me hacen el honor de invitarme menos, pues he decidido no asistir por
razones ya expuestas y que me han causado el insulto y el rechazo de varios
colegas tan cómodos en estos escenarios.
Finalmente
deseo que no olvidemos la frase del maestro Ryszard Kapuscinski: “Una mala persona jamás podrá ser un buen
periodista” Urabá/febrero del 2022.