Este 13 de marzo la izquierda colombiana tuvo el mayor éxito electoral de su historia. Eso produjo miedo entre algunos sectores, que se ha visto agravado por los errores del registrador. Pero ese miedo en realidad no está justificado.
*Por:
Luis Javier Orjuela Escobar/Razón Pública
Análisis
de la noticia.
Ganó la izquierda, retrocedió la derecha
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| El registrador perdió credibilidad |
En
cada jornada electoral se juega mucho más que la escogencia de unos candidatos:
la ciudadanía decide entre la conservación y el cambio del orden social.
En
las elecciones del pasado 13 de marzo, la ciudadanía escogió un cambio, que se
vio reflejado en:
La
alta votación de la consulta presidencial del Pacto Histórico, con más de cinco
millones de votos muchos más que los de las consultas de la derecha y el
centro;
El
aumento de cerca del 50% en el número de votos por Petro respecto de la
consulta presidencial de 2018, para un total de más de 4.400.000 votos;
El
aumento significativo de curules del Pacto Histórico (19 en Senado y 28 en
Cámara), resultados inéditos para la izquierda colombiana; y
La crisis interna del Centro Democrático y su disminución de 21 curules en el legislativo. Si a esta pérdida se le agregan las del Partido de la U y las de Cambio Radical, podría decirse que la derecha perdió 51 curules.
Los
resultados anteriores muestran dos cosas:
La
necesidad de que surja una fuerza progresista y modernizante que canalice el
descontento social.
El
rechazo a una derecha pugnaz, agresiva y autoritaria y la necesidad de una
derecha más moderada y democrática, que represente intereses más modernos.
Es
evidente que el Partido Conservador no representa esa derecha moderna, como
muestra la votación por su candidato David Barguil, quien quedó en tercer lugar
en la consulta del Equipo por Colombia. Si bien los partidos tradicionales,
Liberal y Conservador, mantuvieron sus curules en el Congreso y todavía
representan una mayoría, están sumidos en el más degradado clientelismo y han
perdido su capacidad de participar en las elecciones presidenciales con
candidato propio.
El
miedo a un inminente gobierno de Gustavo Petro ha sido una estrategia de
campaña del Centro Democrático y uno de los ingredientes de la actual
polarización entre izquierda y derecha.
Este
cambio en la correlación de fuerzas implica una marcada diferencia entre las
elecciones de 2018 y las de 2022: mientras las del 2018 favorecieron a la
derecha, las actuales favorecieron a la izquierda.
Por
qué el miedo es infundado
El
miedo a un inminente gobierno de Gustavo Petro ha sido una estrategia de
campaña del Centro Democrático y uno de los ingredientes de la actual
polarización entre izquierda y derecha. Pero este miedo resulta paradójico al
menos por dos razones:
Visto
en perspectiva histórica, el surgimiento de una izquierda legal y democrática
es obra de algunos pocos miembros de una élite política, que han sabido leer el
momento histórico en que les correspondió gobernar.
La izquierda radical se ha venido corriendo, lentamente, hacia el centro del espectro político y ha revalorizado los procesos democráticos.
Sí
hemos tenido cambios en Colombia
En
relación con el primer motivo, vale la pena mencionar tres ejemplos:
Primero, los esfuerzos del gobierno liberal de Lleras Restrepo en (1966-1970) para realizar una reforma agraria y crear una organización campesina para impulsar dicho proceso.
Segundo,
los intentos de apertura democrática del gobierno conservador de Belisario Betancur
(1982-1986), con el fin de abrirles espacios institucionales a las fuerzas de
izquierda, como la elección popular de alcaldes, entre otros. Fue Betancur el
primero en plantear que la lucha armada tenía razones objetivas y subjetivas.
Las primeras, serían la falta de presencia del Estado y de desarrollo
socioeconómico en las regiones marginadas y, las segundas, la percepción de las
fuerzas de izquierda de que no tenían cabida en el ámbito de representación y
gobierno del Estado.
Por
último, la Constitución de 1991, que creó un sinnúmero de espacios de acción,
participación, representación y protesta para los movimientos políticos y
sociales y para la oposición, en general.
Así que los intentos del Centro Democrático de esgrimir el miedo contra el avance de la izquierda no se compadecen con los esfuerzos que ha hecho la élite modernizante para democratizar el país.
La
izquierda democrática
Adicionalmente,
desde hace tres décadas, la izquierda radical de Colombia y América Latina ha
experimentado un proceso intelectual y político de revalorización de la
democracia liberal.
En
lugar de una confrontación frontal con el capitalismo o de un cambio drástico
del modelo macroeconómico, un sector importante de la izquierda latinoamericana
ahora lucha por un capitalismo moderado, socialdemócrata, que articule las
exigencias de la acumulación de capital con la ampliación del acceso de los
sectores excluidos del bienestar social.
Petro
ha aceptado que la violencia y la ilegalidad no son el camino. En la
presentación de su propuesta de Pacto Histórico, afirmó que “la sociedad
ha buscado caminos equivocados como la insurgencia armada, la revolución a
través de la guerra, camino, que reconozco, se degradó en su permanencia, en su
incapacidad para generar los cambios. La sociedad también ha buscado el camino
de las urnas, para encontrar el fraude o el asesinato de sus líderes cuando
eran posibles los cambios sin el disparo”.
Pero,
además, Petro ha dicho que su propuesta se asemeja a ejemplos exitosos de
capitalismo distributivo en el mundo. En sus palabras, “el New Deal de
Roosevelt y la socialdemocracia europea son expresiones de un pacto social
entre empresarios y trabajadores que permitió a los países que lo practicaron
una gran paz desde el final de la segunda guerra mundial (…) Lo mismo ocurrió
en las sociedades del sudeste asiático a través de sus reformas agrarias y la
educación universal y de calidad que las catapultó de estadios más pobres que
los que vivía la sociedad colombiana hace 50 años, hacia la industrialización
plena y el desarrollo científico, hoy vanguardia en el mundo”.
Así
que las innecesarias confrontaciones y temores que produce Petro se deben más a
su personalidad que a su radicalidad.
La
izquierda y el centro
El
proyecto de Petro es muy cercano al de la Coalición Centro Esperanza, que fue
el otro gran damnificado de las pasadas elecciones.
Se
trata de dos proyectos de centroizquierda, uno con mayor acogida que el otro,
debido a que el Centro Esperanza no supo leer el momento histórico y se enredó
en asuntos de mecánica electoral y en el personalismo de sus integrantes. Eso
la hizo descuidar el contenido: su proyecto de sociedad y sus destinatarios,
pese a la idoneidad y la calidad de sus propuestas.
Aunque
no existieran pruebas para afirmarlo ante la justicia, la legitimidad de un
proceso electoral es frágil y el daño ya quedó hecho: se perdió la credibilidad
en el registrador y en su imparcialidad.
Petro
supo representar a los “sin-futuro” y capitalizó el descontento social y las
protestas de los años recientes. En cambio, el Centro Esperanza estuvo de
espaldas a los electores progresistas y le faltó contundencia en la
presentación de su mensaje. Ello le significó a Sergio Fajardo un gran
retroceso electoral, pues sus 724.0000 votos de hoy representan apenas un poco
más de la sexta parte de los 4.5 millones de votos que obtuvo en las elecciones
de 2018.
Elecciones
y
Para
concluir, es necesario hacer algunas anotaciones sobre la legitimidad de las
elecciones en Colombia, en general, y de las del 13 de marzo, en particular.
La
legitimidad de las instituciones políticas es fundamental, pues les otorga
racionalidad, certidumbre, validez y eficacia a las relaciones sociales. En
ausencia de todos estos atributos, las relaciones sociales se vuelven
irracionales y se ven sometidas al capricho o la arbitrariedad de unos pocos o,
lo que es lo mismo, a la falta de democracia.
Los
indicadores de legitimidad de las instituciones políticas colombianas son bastante
bajos, pues oscilan entre el 22 % y el 43 %, según se consideren los datos del
Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes o del Latinobarómetro .
En un momento crucial en el que está en juego la orientación políticoeconómica
de Colombia, el actual proceso electoral debería estar exento de dudas y
sombras, y ofrecer certeza a los ciudadanos y candidatos.
Pero
Alexander Vega, el registrador nacional, se encargó de producir incertidumbre
sobre los resultados, desde el momento en que, irresponsable e
innecesariamente, afirmó que “quien sienta que le van a hacer fraude no debería
presentarse” a las elecciones.
A
lo anterior se añadió una gestión inepta, que desembocó en problemas de diseño
en los formularios electorales, deficiencias en la capacitación de los jurados
y errores de preconteo. Todo eso se agravó con una solicitud, poco sustentada,
de reconteo de la votación para el Senado.
Como
era de esperarse, todas las fuerzas políticas insinuaron un posible fraude.
Aunque no existieran pruebas para afirmarlo ante la justicia, la legitimidad de
un proceso electoral es frágil y el daño ya quedó hecho: se perdió la
credibilidad en el registrador y en su imparcialidad.
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| Luis Javier Orjuela Escobar |















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