Esta sociedad macondiana a la que se refiere nuestro premio nobel, no es tan ficticia, pues lo que ocurre en Colombia hace que fantasía y realidad se confundan.
Por Manuel González Asprilla*
Especial para El
Pregonero del Darién
El eximio escritor colombiano Gabriel García Márquez en su obra cumbre, “Cien Años de Soledad”, nos muestra alegóricamente la inverosímil realidad que vivía la sociedad colombiana del siglo XX. A través de “Macondo”, un pueblo imaginario, –y la familia Buendía–simboliza los grandes defectos de una sociedad sumida en la violencia, la indiferencia, la desesperanza, el abandono y un enfermizo letargo colectivo.
Esta sociedad macondiana a la que se refiere nuestro premio nobel, no es tan ficticia, pues lo que ocurre en Colombia hace que fantasía y realidad se confundan.
Colombia, ¿o Macondo?, –ya comencé a confundirme– es sin dudas el país de las grandes contradicciones. Aquí los villanos son tratados como héroes y los héroes como villanos (a propósito, ¿en nuestro congreso tenemos héroes o villanos?); los de ideas buenas son llamados malos y los que actúan mal son llamados buenos; los de izquierda quieren andar derechos –odian los torcidos que hacen los de derecha– y los de derecha actúan como si fueran de izquierda –pero la izquierda del país vecino–; nuestro presidente actúa como si no fuera el presidente y aquel que fue –y…¿ya no lo es?– toma decisiones de presidente; los ricos engañan y roban a los pobres y los pobres le venden a los ricos sus únicas posesiones (dignidad y conciencia); la democracia, en realidad, es “plutocracia”; y la estupidez se convirtió en valor y principio colectivo, se le pondera, acaricia y complace.
Es esta nuestra distópica realidad. Pero, ¿ya todo está perdido o todavía hay esperanza? Creo que todavía tenemos esperanza (pero no la señora Gómez, esta…eehh…¡es terrible!). Lo malo es que la posibilidad de acabar con el problema siempre la hemos dejado en manos de quienes son el origen del problema: políticos y partidos tradicionales. Ellos mutan –como mortales virus–, pero su esencia será siempre la misma.
Los ciudadanos no podemos seguir ciegos e indiferentes frente a la terrible realidad que vivimos. Llegó la hora de despertar. Colombia no son cinco (5) familias, Colombia somos todos. Es por eso que “todos”, campesinos, obreros, albañiles, profesores, médicos, ingenieros, periodistas, etc. debemos sentir el país como propio y exigir –o provocar– cambios contundentes.
(Foto: Observatorio Pacífico y Territorio)
Los medios de comunicación cumplen un papel fundamental en este propósito. Pero desafortunadamente, en muchas ocasiones, no informan sino que desinforman. Desvían los focos de atención sobre temas que verdaderamente son importantes, y que comprometen a quienes ostentan el poder, los cuales son amigos o socios de los dueños de estos medios y quienes, además, en los cuartos oscuros son los que deciden quienes serán próximos presidentes, congresistas, gobernadores, diputados, alcaldes, etc.
Entonces estos medios, para mantener ocupadas las mentes de las personas, centran su atención en cosas tan superficiales, banales e intrascendentales, como la farándula, los eventos deportivos y hasta la violación a las medidas de aislamiento social obligatorio por parte de funcionarios públicos. Pues de esta manera distraen fácilmente al pueblo para que ni siquiera perciba la cruel y devastadora realidad que se vive diariamente en Colombia a causa de las malas decisiones y actuaciones de quienes nos gobiernan.
Lo anterior es lo que recientemente ha ocurrido con hechos tan deplorables como la ñeñepolítica o narcopolítica; el robo de los dineros para enfrentar la pandemia provocada por el Covid-19, por partes de gobernadores y alcaldes, algunos cercanos al partido del gobierno (como en la Costa, por ejemplo); las chuzadas ilegales de las fuerzas armadas a periodistas nacionales y extranjeros, abogados, jueces, políticos de la oposición, etc. Todos estos son temas de gran trascendencia, para poner el ojo en la lupa, pero que poco a poco los noticieros de los principales canales nacionales van dejando en el baúl del olvido, ya ustedes se imaginarán por qué.
Otra de las estrategias de desviación que utilizan los medios de información aliados al gobierno y su partido político, es centrarse en aquellos sucesos en donde quienes no compaginan con el partido, o son de oposición, cometen algunos errores cuestionables o violan principios constitucionales. Estos sucesos se convierten en coartadas perfectas para solo mirar la paja que hay en el ojo ajeno y hacer olvidar a la opinión pública la viga que hay en el propio ojo.
Pero afortunadamente, en el país de las inverosímiles contradicciones no todo está perdido. Todavía hay esperanzas. Las redes sociales, si bien no son fuentes de información del todo confiables, a diferencia de algunos canales y/o medios de comunicación nacionales, nos han permitido a las masas enterarnos de sucesos que estos, por amañadas u oscuras razones, se niegan a informar a la opinión pública. Gracias a ellas, en distintas ocasiones el pueblo ha tomado la iniciativa, no solo de informar para mostrar lo oculto, sino también de denunciar atropellos, irregularidades y las malas actuaciones de líderes políticos, concejales, alcaldes, gobernadores, congresistas, etc., lo cual ha servido, al menos, para que posteriormente los organismos de control del estado abran investigaciones al respecto.
En el departamento del Chocó, por ejemplo, gracias a las redes sociales, recientemente se hicieron públicas las inconformidades de algunos valientes habitantes frente al mal manejo que su gobernador le ha dado a los recursos que envió el Estado para enfrentar la pandemia ocasionada por el coronavirus. Estas denuncias permitieron que los organismos de control del estado (Procuraduría), después de investigar sobre lo sucedido, tomaran la decisión de suspender por tres (3) meses al gobernador Ariel Palacios, por los supuestos malos manejos de más de dos mil millones de pesos ($2.000.000.000), al adjudicar contratos para Capacitaciones de Prevención del Coronavirus en el departamento, sin el cumplimiento de los requisitos de ley, a la empresa Distribuidora Jifar SAS. La sacó barata, pues no es la primera vez que el señor Ariel Palacios, quien también fue alcalde del municipio de Bojayá, se ve enredado por los malos manejos de dineros públicos.
Lo que ha ocurrido recientemente con el gobernador del Chocó es verdaderamente lamentable. Este departamento, que está en el ranking de los más pobres del país, a lo largo de su historia no ha sufrido solo los flagelos de una guerra de la cual no son dueños sus habitantes, sino también que ha padecido toda clase de maltratos y abusos, materializados en robos y/o malversación de dineros por parte de su propia gente, esos que lo administran y que a los cuatro vientos gritan amarlo con gran vehemencia.
(Foto: Observatorio Pacífico y Territorio)
Es vergonzoso, y duele en el alma, enterarse de cómo sus propios dueños se roban tan vilmente, con los más bajos ardides, las migajas que un estado plutocrático, miserable y mezquino envía para tratar de mitigar en parte la pobreza y el hambre en épocas de pandemia. Esto es ruin e inhumano.
Pero en el departamento del Chocó nada de esto es nuevo. Todos sabemos que los grandes terratenientes y latifundios que paradójicamente existen en este departamento (en medio de tantas desigualdades, pobreza extrema y el abandono de su gente por su gente), en su mayoría, son consecuencia del robo descarado que las corruptas clases políticas le han hecho históricamente al departamento.
Al conversar con amigos quibdoseños, que aunque no viven en la capital, les duele como a ningún otro lo que ocurre en su departamento, con impotencia y gran enojo escucho en sus discursos nombres de políticos corruptos bastante populares que, desafortunadamente, son incluso ponderados por algunos habitantes (inocentes o cómplices) –porque han recibido “favores” –; y que han vaciado las empobrecidas arcas del departamento para vivir como reyes en medio de un inmenso desierto verde, no de esperanza sino de desesperanza.
Lo más triste de todo esto no es solo que se roben descaradamente el erario del departamento. ¡No! Lo más triste es el ensordecedor silencio de sus habitantes. Pero este silencio, en ocasiones, es debido al miedo, pues algunos afirman que quienes levantan la voz y osan denunciar desaparecen en medio de circunstancias inexplicables. Entonces, para conservar la vida, prefieren callar. Y quienes pueden actuar porque están respaldados por las fuerzas del estado para hacerlo, venden sus conciencias, terminan aliándose con estas zagas de corruptos y, finalmente, se vuelven tanto o más corruptos que ellos.
“Voy por lo mío”, ¿cómo voy yo ahí?”, son estas algunas de las expresiones que caracterizan y definen el argot furtivo de los políticos y contratistas corruptos que desangran al Chocó. Si los chocoanos –me refiero a los que actúan mal– no cambian esta mentalidad, el “desarrollo y verdadero progreso” no dejará de ser más que una figura retórica para adornar los discursos de los políticos en épocas electorales… ¿Utopía?
Chocó es un pedazo de Colombia. Y la corrupción que tiene al país en cuidados intensivos tiene en coma a este departamento.
Nuestra patria sufre, sangra y llora. Esta terrible enfermedad, que ha invadido todos sus rincones, crece exponencialmente en el día a día –incluso en tiempos de pandemia. Pero no todo está perdido, todavía hay esperanzas. La cura está en nuestras manos. Así que… ¡manos a la obra! Si queremos que las cosas cambien, no sigamos haciendo siempre lo mismo. ¡Por favor, no votemos más por los mismos, pues estamos colocando la solución del problema en las manos de quienes son el problema!
Docente I.E.R. La Inmaculada Caucheras, Mutatá*


