viernes, 15 de mayo de 2020

Perenne gratitud a mis maestros

Dedico esta nota a todos los educadores y educadoras, en especial a mi hijo Wilmar y a su esposa Mariana, por la pasión y el amor con el que ejercen la docencia. Espero que un día sus alumnos los recuerden, como yo recuerdo a mis profesores.

 

Wilmar Jaramillo Velásquez 
EL PREGONERO DEL DARIÉN 

Hacía medio siglo que no sabía nada de él, le había perdido el rastro pese a estar tan cerca, seguramente la ingratitud y el paso del tiempo que nos va endureciendo el alma, sin embargo era como si hablara con él con mucha frecuencia, lo tenía nítido en mi memoria. 

Recordaba con claridad su impecable presentación personal, su tono de voz, grave y firme, con autoridad, pero sobre todo, esa sonrisa que ha sido su característica, su sello personal. 

Por su estampa uno diría fácilmente que tiene raíces alemanas, o simplemente europeas, pero no, lleva sangre árabe , se llama Alfonso Magmud, se instaló con sus padres siendo muy joven en el municipio de Santuario en Risaralda, llegaron a probar suerte con algunos negocios, él se dedicó a la docencia siendo un muchacho. 

Fue mi profesor en la escuela Marco Fidel Suárez, un enorme edificio de bahareque, que parecía un dinosaurio, eran dos plantas, con escalares y pisos de madera, patios de cemento y una batería de baños que nunca daba a abasto a los centenares de estudiantes. 

En esta escuela, se mezclaban todos los estratos sociales, de pueblo, pobres y ricos compartíamos el mismo espacio, las mismas historias, mi profesor, siempre se destacó por hacerse escuchar y entender, sin gritos ni palabrotas, sus clase era casi que ceremonial, amena, muy didáctica. 

Un día la escuela entregaba algunos reconocimientos a estudiantes por alguna razón, de comportamiento o rendimiento académico, mi profesor Alfonso me entregó un hermoso libro ilustrado, una especie de biografía de David Livingstone, un explorador escocés, médico y enemigo de la esclavitud. Ese libro me marcaría de por vida y, por ese camino llegué a Carlo Magno y Napoleón, fascinado por sus alucinantes y épicas historias. Ese regalo me llevó por el camino de la lectura y el amor por los libros. 

No fueron muchos los maestros que influyeron en mi formación, pero fueron muy buenos, tenían ese don maravilloso de transmitir el conocimiento, elemento esencial de un profesor; en la escuela primera, Hoovert Bedoya Castaño, Alfonso Magmud, en el colegio a Jaime Bedoya y en la universidad, Jorge Arévalo y  Álvaro Sierra (padre), 

El primero falleció en Pereira al finalizar el año 2019, al segundo lo encontré sin buscarlo en diciembre del año pasado, lo vi en la entrada a un banco en la emblemática carrera octava, cincuenta años después, estaba ahí parado con su sonrisa inconfundible, su impecable presentación personal. Los años no lo habían tocado. 

Lo saludé y le recordé que era mi maestro de la escuela primaria y que siempre lo recordaba, que el primer tomo de mi libro Crónicas del Camino, lo había dedicado a mis cuatro profesores de cabecera y le prometí envíale algunos de mis libros, como en efecto lo hice. 

Hoy conservamos una comunicación cordial. Está orgulloso de haber sito mi tutor y, yo de haber sido su discípulo. 

Alfonso, adelantó luego estudios en la Universidad Tecnológica de Pereira y se jubiló en un prestigioso colegio de esa capital. Hoy vive reposado y sereno, al lado de los buenos libros, es amante de la buena literatura y de la paz espiritual. 

Tenemos una cita para un café, cuando la pandemia nos de la venia, estoy seguro que será el mejor café de todos los tiempos. 

A Álvaro Sierra ya Jorge Arévalo, les perdí el rastro en Bogotá hace muchos años, pero no importa, siempre van con migo, con sus enseñanzas y con su ejemplo de buenos maestros. 

Con Jaime Bedoya conservo la amistad y, cada que tenemos la oportunidad nos enfrascamos en prolongadas charlas, casi siempre enmarcadas en la política.