El encuentro prematuro del presidente electo con Manuel Marulanda, el “hubo química”, “me contó que había conocido y hablado con mi papá” y el regalo del reloj, fueron el encuadre del encuentro.
Por: Armando Borrero*/Razón Pública/El Pregonero del Darién/Análisis de la noticia.
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| La Paz Total del gobierno Petro está siguiendo los pasos de negociaciones anteriores, llenas de buenas intenciones, pero incapaces de lograr paz en Colombia. Por qué hay tanta confusión. |
Los procesos voluntaristas
Un día,
uno se despierta con la noticia de que en México se logró un avance en las
conversaciones con el ELN. Pero no pasa un día completo cuando las ilusiones se
desmoronan. En la mañana se piensa que podrá ver a Colombia finalmente en paz.
En la noche, todo vuelve a la realidad. ¡La realidad existe! Nos lo recordó
hace unos pocos días Moisés Wasserman en su estupenda columna de El
Tiempo.
"La realidad predica que los procesos de paz voluntaristas siempre fracasan en Colombia. A esta categoría pertenecen los procesos adelantados por las administraciones Betancur, Pastrana Arango y, ahora, la de Petro. Por otra parte, están los procesos a través de las instituciones, como los de las administraciones Barco-Gaviria y Santos."
Los
procesos voluntaristas parten de pensar con el deseo. La visión de Belisario
Betancur fue la de la “nobleza obliga”. Partió de un diagnóstico ingenuo: no hay
confianza y, por lo tanto, hay que remover la desconfianza. El diagnóstico se
ahogó en las aguas de la lógica. Era claro que no había confianza, de otra
manera la discordia no se estaría tramitando a balazos.
Para
remover el obstáculo supuesto, se entregó desde el comienzo uno de los premios
gordos que se da al final de una negociación: la amnistía. La conducción del
proceso se puso en manos de una Comisión conformada por un grupo selecto de
hombres y mujeres. Todas magníficas personas, pero sin poder ni representatividad.
Los militares fueron puestos fuera del proceso.
La
realidad predica que los procesos de paz voluntaristas siempre fracasan en
Colombia. A esta categoría pertenecen los procesos adelantados por las
administraciones Betancur, Pastrana Arango y, ahora, la de Petro. Por otra
parte, están los procesos a través de las instituciones, como los de las
administraciones Barco-Gaviria y Santos.
Pese al
frágil punto de partida, hubo avances. La sociedad es testigo de la entrega del
inolvidable Otto Morales Benítez. Alberto Rojas Puyo se batió con todo hasta el
final. Pero el “sí se puede” se transformó en “no se pudo”. El final fue una
tragedia.
La
visión de Andrés Pastrana fue la de la de “nos amamos tanto” como en la
película de Ettore Scola que nos marcó en los años setenta. El encuentro
prematuro del presidente electo con Manuel Marulanda, el “hubo química”, “me
contó que había conocido y hablado con mi papá” y el regalo del reloj, fueron
el encuadre del encuentro. Se aceptó el despeje de cinco municipios, 42.000
kilómetros cuadrados sin examinar ni pactar los detalles.
No
quedaron claras las condiciones de permanencia y actuación de las instituciones
del Estado en el área de distensión. La guarnición militar de San Vicente quedó
en el aire y su presencia dio pie a los primeros desacuerdos. No se pactó una
agenda. Se comenzó por una discusión ideológica, el modelo de sociedad, que
llevó a giras frenéticas por el mundo.
Pasaron más de dos años para acordar la agenda de negociación, que sumó algo así como 112 puntos. Cuando en una negociación de paz se llega a tamaña agenda, es porque las partes no saben que están negociando. Los delegados del gobierno cambiaban a ritmo vertiginoso y todo acabó en una situación tan mala o peor que la del principio.
Procesos por medio de instituciones
Pero
los procesos por medio de las instituciones dejan un sabor distinto.
Entre
los gobiernos de Barco y Gaviria hubo continuidad. Al frente de la negociación
estaba un funcionario del Estado, dependiente del presidente de la República,
que contaba con un equipo de apoyo técnico bastante estable. La conducción del
proceso estuvo firmemente en manos del Ejecutivo nacional y se alcanzó el éxito
del proceso con el M-19, el EPL y dos grupos menores más.
El
proceso del gobierno Santos ha sido el más elaborado en preparación y
desarrollo. Ahora se trataba de lidiar con el ejército rebelde más grande
y poderoso de Colombia y de América Latina entera: las FARC. En un principio,
se pactó una agenda posible, con mucho realismo de parte y parte. Esa agenda ha
sido la mejor hoja de ruta que puede mostrarse de todos los procesos recientes
y sin duda la clave del éxito. Puede parodiarse al emperador Adriano y escribir
“que se entró en el proceso con los ojos abiertos”.
El equipo humano del gobierno estuvo presidido por un delegado directo del presidente de la República y asesorado por expertos que se prepararon a conciencia. Los militares, no sólo no fueron excluidos, sino que llegaron al proceso en el momento preciso para dar confianza y aporte profesional. El presidente en persona también entró en escena cuando fue necesario.
La Paz Total
El proceso
de la Paz total reproduce todos los defectos de los procesos voluntaristas y
les añade otros.
Los
buenos deseos se extienden a la ilusión de lograr la paz no solamente con las
organizaciones que tienen propósito político, sino con otras claramente delincuenciales
o de carácter poco definido como las nacidas de los restos de las FARC.
En el
proceso actual se nota una ansiedad, que en principio no es mala, pero que
introduce una celeridad peligrosa para la claridad de propósitos de unos y
otros. El primero y más grave de los errores voluntaristas, es no haber
definido claramente el lindero entre los oponentes en la mesa de negociación.
El
optimismo inicial dibujó una negociación entre partes que se podían identificar
en la misma búsqueda de una transformación social y política de Colombia. Una
negociación entre compañeros. Craso error. El ELN no se identifica con ningún
otro movimiento armado en sus propósitos escatológicos —para caracterizarlos de
alguna manera— y eso es lo que lo hace precisamente “inaccesible al
desistimiento” en la expresión afortunada de un político español.
El otro
error fue intentar meter en el mismo saco a tirios y troyanos. Las gafas con
montura de madera parece que no favorecen las visiones laterales.
Es
claro que el Clan del Golfo y los otros ejércitos privados del negocio de la
droga no pueden estar en una negociación política. Es cierto que su presencia
en el escenario nacional produce consecuencias políticas, pero no los califica
como vehículos de propuestas de transformación para Estado y sociedad. Lo más
lejos que pueden llegar en este camino es al del terrorismo sub-revolucionario,
en cuanto quieren paralizar algunas instituciones del Estado y contrastar las
leyes que se interponen en los intereses del negocio.
Tampoco
se observa preparación minuciosa de los equipos negociadores. Se reconoce la
seriedad y la prudencia de Otty Patiño, pero el Comisionado parece navegar en
los anillos de Saturno y el desorden prima.
No hay
agenda y no hay claridad de condiciones previas. Se oscila entre el optimismo
matutino y el pesimismo de las noches. No se clarifica el papel de las Fuerzas
Militares y de la Policía Nacional, las primeras en el limbo y la segunda
haciendo el papel de Palemón el Estilita “que burló con tanto ingenio las argucias
del Demonio”.
Entretanto
la confusión manda. El paro minero hizo evidente la capacidad de una
organización criminal para controlar un territorio y una población. Esto es un
síntoma inquietante para la estabilidad de las instituciones. Se impone la necesidad
de una política de seguridad y defensa que clarifique los límites entre la
institucionalidad estatal y la subversión armada.
La Seguridad Humana
En este
punto aparece otra inquietud. El gobierno ha definido el concepto de seguridad
humana como la guía para el sector de defensa y seguridad.
El
concepto es un desarrollo importante de las últimas décadas y tiene un valor
inestimable al poner primero los derechos humanos sobre otras consideraciones
para la dirección de las instituciones y misiones de la seguridad nacional. Es
un concepto útil para las definiciones éticas, pero no puede dejarse de lado
que es, también, un concepto que dificulta la definición de la paz.
"En el proceso actual se nota una ansiedad, que en principio no es mala, pero que introduce una celeridad peligrosa para la claridad de propósitos de unos y otros. El primero y más grave de los errores voluntaristas, es no haber definido claramente el lindero entre los oponentes en la mesa de negociación."
Cuando un concepto intenta abarcar mucho, pierde capacidad analítica. El valor de los conceptos estriba en definir claramente un campo de análisis y seguridad humana invade muchos campos disciplinarios. La paz, bajo esa luz, ya no puede ser simplemente el callar de las armas. En una negociación se convierte en lazo para el propio cuello de quien lo predica.
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| Foto: Twitter: Ejército Nacional - En el proceso de la Paz total no hay claridad del papel que tienen las Fuerzas Militares y la Policía Nacional. |
La
contraparte puede exigirle al Estado condiciones que se acomoden a lo que
propone. El callar de las armas no será la paz, y bien se sabe lo difícil que
es comprometer todas las políticas de un Estado para cumplir lo que antes era
la meta en campos distintos de la defensa y seguridad.
La
complicación nace de las indefiniciones. Cualquier negociador de los grupos
armados aprovechará la prédica gubernamental para exigir más y más. La pregunta
de si una sociedad está en paz, ya no dependerá de la sola eliminación de la
violencia de las armas. El concepto guía permite la intromisión de la
subjetividad y la contraparte se armará de los propios enunciados del Estado
para pedir “todo y el cielo también” como rezaba una canción en la época de la
guerra de Vietnam.
La
negociación que se viene tiene exigencias muy altas. Negociar con el ELN es una
de las más complejas. Es cierto que el tiempo de las guerrillas rurales al
estilo de las colombianas está pasando. Los conflictos armados toman otras
formas y modalidades. Pero el ELN se aferra a su pasado con una tenacidad
extraordinaria. Uno de los problemas más difíciles que plantea es su
insistencia en desbordar al Estado para negociar con la sociedad.
Pero
¿qué es la sociedad para el ELN? Si se pudiera dialogar con la sociedad entera,
se encontrarían con su hastío y rechazo. Negociar con comunidades marginales
sería lo único posible en ese campo. Pero la insistencia lleva a pensar en una
especie de anarquismo comunitario imposible en la modernidad. El Estado es el
representante de la sociedad y la negociación exige un pacto previo del
reconocimiento de esa realidad si quiere tener éxito. De otra manera, la paz
seguirá siendo esquiva.
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| Armando Borrero |





