El gran porcentaje de la fuerza laboral ha derivado hacia la economía informal y el rebusque generado por el dinero de las economías ilegales, como el narcotráfico y el contrabando.
Por: Juan Fernando Uribe*/Opinión/El Pregonero del Darién
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| Juan Fernando Uribe |
"Los
empleados que no sirven se van" se alardea como consecuencia de una
política empresarial que no transforma ni capacita al trabajador: contraticos
de tres meses a destajo, donde no se crea sentido de pertenencia ni conciencia
empresarial, generando una esclavitud de la pobreza sindicalizada enemiga de
los patrones quienes, a su vez, explotan y aprietan con malos salarios, abusos
y amenazas constantes.
El
pequeño empresario colombiano, salvo contadas excepciones, cree que por ser
dueño del capital es quien define la redención de su inversión a costa de la
explotación y el mal trato a sus trabajadores.
El
lenguaje de la nueva reforma laboral aún no hace eco con la realidad
colombiana, puesto que no se adapta al grado de inequidad que se impone en el
país. Riñe con las pretensiones del patrón y empodera a una clase trabajadora
apenas balbuciente que se ha visto golpeada por las medidas neoliberales de los
últimos gobiernos que sólo favorecieron al capital al crear como ejemplo un
ejército desesperado de muchachos en moto llevando una hamburguesa o a miles de
mujeres cabeza de hogar escurriendo trapeadoras y huyéndole a las pretensiones
sexuales del patrón para conservar el puesto.
Las
escasas grandes empresas ocupan a la muy poca mano de obra capacitada. El gran
porcentaje de la fuerza laboral ha derivado hacia la economía informal y el
rebusque generado por el dinero de las economías ilegales, como el narcotráfico
y el contrabando. La agroindustria es mínima producto de la realidad
latifundista y la violencia en los campos. Las grandes ciudades se han
convertido en un cortijo de desplazados al rebusque del trabajo que brinda el
microtráfico y los pequeños emprendimientos barriales que el gobierno pretende
estimular para fortalecer una economía popular de la mano de nuevas
posibilidades en capacitación y conectividad.
En
Colombia se permitió que el caos floreciera llegando a un culmen de desigualdad
y saqueo en todos los órdenes. Pretender abordar una solución inteligente
requiere de diplomacia y sagacidad. No es violentando y sacudiendo. Es evolucionando
con calma, educando políticamente y devolviendo al ciudadano pobre y sin
oportunidades la posibilidad de una vida mejor, sin casar peleas ni situaciones
de revanchismo con los que, a bien o mal, tienen el dinero y la capacidad de
generar un cambio.
A la
par de la justicia y la búsqueda constante de la paz, el gobierno tiene que
establecer un gran pacto con los inversionistas extranjeros y la clase
empresarial colombiana.
*Médico
Pediatra.

