viernes, 28 de abril de 2023

Por favor no lo permitamos

Da tristeza los debates. Sólo faltó Mejía el otrora parlamentario amenazador y gritón para completar el cuadro.

Por: Juan Fernando Uribe/ Opinión/ El Pregonero del Darién.

Médico/Luis Fernando Uribe
Se veía venir. No podíamos creer que los partidos tradicionales que mantienen el establecimiento, aceptaran de buena gana unas reformas que afectaran sus intereses económicos. Es cuestión de lenguaje, de actitud ante el país y ante la vida. Dejar los grandes negocios y mantener a la población apenas sobreviviendo y mendigando los servicios derivados de los derechos básicos, es la costumbre después de nueve guerras civiles y la aparición del narcotráfico.

Con un capitalismo raquítico y el fortalecimiento de un feudalismo feroz lleno de ejércitos paramilitares y una renovada fase guerrillera, Colombia inició el siglo XXI con un traspiés peligrosísimo, pues se ahondó la marginalidad y la brecha social se hizo más profunda al fragmentarse en varios países cada cual derivado de una historia de exclusión y pobreza. El gobierno ha tenido la gracia de hacer consiente la problemática con una pedagogía valiente y constante, luchando contra 200 años de maniqueísmo e ignorancia.

Ya la contradicción hace su crisis y las fuerzas en disputa empiezan a mostrarse los dientes en un escenario donde los debates parlamentarios son nimios y más que argumentos, son alaridos ante un pueblo cansado de guerra, inequidad e injusticias. Los ministros -blindados en sólidos conocimientos- y teniendo presente el futuro de un país que por seguir en la senda de un neoliberalismo agresivo derivó en delito, pretenden lanzar un salvavidas pactando mientras contemplan como un puñado de jóvenes parlamentarios incultos y vociferantes sólo siguen órdenes de caciques y delincuentes que han financiado oscuramente sus curules. Da tristeza los debates. Sólo faltó Mejía el otrora parlamentario amenazador y gritón para completar el cuadro.

Se han incumplido los pactos con una fracción de la terrateniencia: de la promesa de tres millones de hectáreas sólo se ofrecieron 200.000 en eriales fronterizos en Vichada; el Acuerdo con las Farc, firmado al fin en el Congreso mediante ardides y componendas con los barones de la política, tampoco se ha cumplido; es más, sus posibilidades legislativas las han desechado sin pena ni gloria. Todo ha sido una farsa pretendiendo volver a lo mismo, a una fantochada de políticos corruptos que hacen negocio con los derechos de los ciudadanos robándose 55 billones cada año.

Hablar más de lo mismo nos sofoca y nos marea.

El mundo no resiste más guerras ni más maldad. El ser humano ha llegado al tope de su necedad. Embebido en el poder del capital inició su carrera a la extinción. Los signos son claros: guerras interminables y absurdas, depredación, crisis de valores, una juventud confusa heredando un mundo en pedazos, matanzas juveniles, drogadictos, pobreza y suicidios con unos índices nunca imaginados.

Colombia está llegando también al límite. Ya es hora de ponernos la mano en el corazón y haciendo un acto de contrición ante la historia, aceptando que nos equivocamos, reconociendo el error lejos de revanchismos y odios sectarios, rechacemos la guerra y abracémonos en un pacto por el bienestar de nuestros hijos, de nuestros nietos. No permitamos que el país más bello del mundo con las mejores aguas, las montañas y llanuras más hermosas, los océanos vibrantes, las selvas inmensas y su gente alegre, se llene de sangre y dolor.

No lo permitamos, por favor.