Da
tristeza los debates. Sólo faltó Mejía el otrora parlamentario amenazador y
gritón para completar el cuadro.
Por: Juan Fernando Uribe/ Opinión/ El Pregonero del Darién.
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| Médico/Luis Fernando Uribe |
Con
un capitalismo raquítico y el fortalecimiento de un feudalismo feroz lleno de
ejércitos paramilitares y una renovada fase guerrillera, Colombia inició el
siglo XXI con un traspiés peligrosísimo, pues se ahondó la marginalidad y la
brecha social se hizo más profunda al fragmentarse en varios países cada cual
derivado de una historia de exclusión y pobreza. El gobierno ha tenido la
gracia de hacer consiente la problemática con una pedagogía valiente y
constante, luchando contra 200 años de maniqueísmo e ignorancia.
Ya
la contradicción hace su crisis y las fuerzas en disputa empiezan a mostrarse
los dientes en un escenario donde los debates parlamentarios son nimios y más
que argumentos, son alaridos ante un pueblo cansado de guerra, inequidad e
injusticias. Los ministros -blindados en sólidos conocimientos- y teniendo
presente el futuro de un país que por seguir en la senda de un neoliberalismo
agresivo derivó en delito, pretenden lanzar un salvavidas pactando mientras
contemplan como un puñado de jóvenes parlamentarios incultos y vociferantes
sólo siguen órdenes de caciques y delincuentes que han financiado oscuramente
sus curules. Da tristeza los debates. Sólo faltó Mejía el otrora parlamentario
amenazador y gritón para completar el cuadro.
Se
han incumplido los pactos con una fracción de la terrateniencia: de la promesa
de tres millones de hectáreas sólo se ofrecieron 200.000 en eriales fronterizos
en Vichada; el Acuerdo con las Farc, firmado al fin en el Congreso mediante
ardides y componendas con los barones de la política, tampoco se ha cumplido;
es más, sus posibilidades legislativas las han desechado sin pena ni gloria. Todo
ha sido una farsa pretendiendo volver a lo mismo, a una fantochada de políticos
corruptos que hacen negocio con los derechos de los ciudadanos robándose 55
billones cada año.
Hablar
más de lo mismo nos sofoca y nos marea.
El
mundo no resiste más guerras ni más maldad. El ser humano ha llegado al tope de
su necedad. Embebido en el poder del capital inició su carrera a la extinción.
Los signos son claros: guerras interminables y absurdas, depredación, crisis de
valores, una juventud confusa heredando un mundo en pedazos, matanzas
juveniles, drogadictos, pobreza y suicidios con unos índices nunca imaginados.
Colombia
está llegando también al límite. Ya es hora de ponernos la mano en el corazón y
haciendo un acto de contrición ante la historia, aceptando que nos equivocamos,
reconociendo el error lejos de revanchismos y odios sectarios, rechacemos la
guerra y abracémonos en un pacto por el bienestar de nuestros hijos, de
nuestros nietos. No permitamos que el país más bello del mundo con las mejores
aguas, las montañas y llanuras más hermosas, los océanos vibrantes, las selvas
inmensas y su gente alegre, se llene de sangre y dolor.
No
lo permitamos, por favor.

