“Mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”
Juan
Hernández Machado*/Opinión/El Pregonero del Darién.
Luego vendría el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 que terminó con él físicamente y pretendía destruir todo su legado político e ideológico, fatídico momento cuyo aniversario 50 se encuentra a pocos días de distancia.
Pero, ¿era Allende un iluso? ¿Carecía de base para expresar esas palabras? Muchos han querido desacreditarlo, achacándole errores, indecisiones y una orientación equivocada como justificaciones para el golpe.
Sin embargo, no olvidemos que ese senador socialista fue capaz de convencer a las fuerzas que integraban la llamada Unidad Popular para que lo proclamaran candidato único a las elecciones
presidenciales
de 1972, las cuales ganó por el voto mayoritario popular ese cuatro de
septiembre.
Si esa victoria se hubiera producido considerando solo los elementos de la política chilena sin interferencia extranjera tal vez no hubiera tenido el valor que tuvo, porque desde las administraciones de John F. Kennedy primero y de Lyndon B. Johnson posteriormente, en la década anterior, se había apoyado financieramente al Partido Demócrata Cristiano chileno para fortalecerlo e impedir que Allende llegara al poder mediante los mecanismos democráticos establecidos en el país.
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| Juan Hernández Machado |
Recientemente
el Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos desclasificó una importante
serie de documentos sobre Henry Kissinger, el poderosísimo secretario de estado
de Nixon, los cuales aportan algunos elementos nuevos sobre el apoyo del
gobierno estadounidense al dictador chileno Augusto Pinochet y el papel de
Estados Unidos en el derrocamiento de Allende porque “era un gobierno que se estaba
volviendo comunista”, según decían los mandatarios de Estados Unidos.
Pero lo cierto es que eso no es nuevo, ya que esa misma útil organización ha venido poniendo a disposición de investigadores y público en general documentos importantísimos sobre el tema en los últimos veinte años.
Le
recomendamos, amigo lector, acceder a dichos documentos que se encuentran en la
red y reflejan lo que durante muchos años trataron de ocultar los dirigentes
yanquis: que su “mano peluda” había estado en el caso chileno y tuvo mucho que
ver con el fin de Allende y de su gobierno.
Como ha transcurrido tanto tiempo y los dirigentes estadounidenses son maestros en ocultar las realidades y en crear nuevas versiones que satisfagan sus intereses, recordemos que el estadio nacional de Chile fue utilizado como centro de detención entre el 11 de septiembre y el nueve de noviembre de 1973. Por allí pasaron cerca de 40 mil prisioneros, de los cuales aproximadamente 1, 850 fueron asesinados y 1, 320 desaparecidos.
Aunque siempre trataron de negar la participación estadounidense en el derrocamiento de Allende, las investigaciones sobre las actividades de la CIA que hiciera el Comité del Congreso americano llamado Comité Church, por el nombre del senador que lo presidía, reflejó, y lo expone en la página 11 de su informe final que, entre 1967 y 1973, los siguientes gastos fueron hechos en el programa de acción encubierta contra Chile.
Ocho millones de dólares para apoyar a los partidos
políticos favorecidos por Estados Unidos en su campaña electoral; 4,3 millones
de dólares para mensajes políticos en los órganos de difusión masiva; casi un
millón de dólares para influenciar a instituciones sindicales, femeninas, estudiantiles
y del sector privado en Chile, así como casi un cuarto de millón de dólares
para promover el golpe de Estado.
Después
de la reinstauración de la democracia en Chile ha habido momentos de esperanzas
y también momentos de desesperación, porque a pesar de muchas promesas el
pueblo no ha visto los tan ansiados cambios que fueron cercenados por el golpe
de estado de 1973.
Todos los chilenos sin distinción alguna tienen el derecho de que los sueños de Allende se hagan realidad, porque él trabajó para eso, para producir un nuevo Chile donde existieran oportunidades para todos, donde se respetaran los derechos humanos, donde no existieran las discriminaciones a los indígenas, mujeres y otros sectores de menor poder adquisitivo y se viviera en una sociedad mejor.
Por
mucho que se haya hecho, desde la posición de cada cual, chileno o
latinoamericano, todos tenemos una deuda con Allende y para pagarla tenemos que
aunar posiciones, impedir que nos dividan artificialmente, no permitir que los
fascistas regresen.
El Chile solidario, el que nos hizo rabiar y llorar de desesperación cuando masacraban a sus mejores hijos, el que también nos hizo muy felices con las canciones de Víctor Jara; el Chile del senador Salvador, el que no dudara un momento para colaborar con aquellos que habían quedado vivos de la guerrilla de Che Guevara en Bolivia y posibilitara su regreso a nuestro país. Ese Chile merece una vida mejor y que se abran las grandes alamedas como quería Allende.
Por eso no podemos dejar morir el legado de Salvador y aunque los escritos como este, los actos, las recordaciones, las ceremonias son importantes, lo más importante es actuar diariamente como él hizo y como él quería que se hiciera para que su sueño se haga finalmente una realidad.
El
pueblo chileno en primer lugar y todos los que lo apoyamos tenemos esa
responsabilidad.
*Miembro
de la Unión de Historiadores de Cuba.


