martes, 5 de septiembre de 2023

Don Rubén fue tallado en madera fina de Yolombó

Forjado en las montañas antioqueñas, pulido en los socavones mineros y tallado por una amplia experiencia de la vida, este guerrero a sus 80 años, sigue practicando el ciclismo recreativo, como un muchacho de 20.

Crónicas del Camino/Wilmar Jaramillo Velásquez/El Pregonero del Darién.

Rubén Darío Valencia, en
el jardín de su casa.
Rubén Darío Valencia Martínez cumple, sus ochenta años, tiene la vitalidad de un muchacho para montar cicla, la disciplina para pintar y hasta le queda tiempo para cantar y leer, dos de sus grandes pasiones.

Hablamos de un hombre forjado en amplios principios sociales y liberales, liberales de ideas, no de trapo rojo, mercaderes y chantajistas de hoy. Su padre Rubén Antonio Valencia Cataño, un minero, casi que iletrado, que mantenía correspondencia epistolar, nada más y nada menos que con el caudillo, Jorge Eliecer Gaitán.

Al menos de su padre no aprendió la afición por la riña de gallos, el juego de cartas, dados y el licor, más bien se le pegó todo lo bueno, como hombre de trabajo honrado.

Con la educadora Anselma Herrera
 González, su compañera de viaje.
Al lado de su padre moldearía su vida, el amor por el trabajo la honradez y la lealtad, principios que le ha transmitido con rigurosidad a sus hijos.

Su vida la comparte con varias pasiones: su hogar, su compañera inseparable de viaje, la educadora, Anselma Herrera González, su perro Max, un labrador chocolate y su gato “RA”, la música, fuera de cantar entre amigos y reuniones sociales, tiene buen oído como para extasiarse con el tenor y médico, Alfonso Ortiz Tirado, Agustín Magaldi, el tango y los grandes grupos de música colombiana, clásica y andina.

Artes plásticas

En arte, empíricamente se fue formando como artista plástico, hoy sus progresos son reconocidos por sus propios maestros y el ciclismo recreativo. A los 80 años no lo reten en bicicleta que tiene la suficiente, cancha como para dejar fuera de combate a un muchacho de 20 años. Además, es animalista, ambientalista y un devorador de libros sin límites.

Estos son tal vez los secretos para llegar a las ocho décadas con semejante lucidez, mantener ejercitado el cerebro con la lectura, el deporte y una vida sana, ni fuma ni bebe, tampoco trasnocha.

Rubén Darío Valencia, vio por primera vez la luz del mundo un doce de septiembre de 1943 en el municipio de Yolombó- Antioquia, en el hogar de Rubén Antonio Valencia y Ana Martínez Arroyave, sus padres se movieron en su juventud por lugares como Maceo, Yalí, Quebraditas, San Antonio, incluso debieron internarse por cinco años en la montaña, a varias horas del corregimiento de Yolombó, La Floresta, huyendo de la violencia, liberal- conservadora que se desató tras la muerte de Gaitán.

El viejo minero tuvo que abandonar los socavones para dedicarse a la agricultura y poder preservar su vida y la de la familia. En La Floresta, contra viento y marea logró hacer su primer año de escuela, ya había visto de cerca  como su padre se rompía el espinazo en las minas a punta de cincel y martillo, en busca del precioso metal que a unos hacía muy ricos y a otros cada día más pobres y enfermos en la profundidad de la mina.

Aquí con el reconocido Dueto
 Gopar de Chigorodó.




Nada resume mejor la vida de este
personaje que, estas cinco fotos, su
 amor por el deporte, la música, la lectura,
los animales y las artes plásticas

La violencia

También cruza nítidamente por su memoria cuando se refugiaron en la zona montañosa entre Tarazá y Valdivia, por las estribaciones del río Rayo, mientras que los colombianos se mataban entre sí por razones y objetivos que ni ellos mismos conocían, pero las ordenes de muerte llegaban de las ciudades capitales impartidas por caciques y gamonales.

Quizá los recuerdos que más se cruzan por la mente de don Rubén, son los de esa infancia, carente de mucho, pero con abundancia en otras cosas que no se tasan en dinero. Su niñez en el corregimiento La Floresta, rodeada de minas, socavones, golpes de cinceles y martillos que aún retumban en su cabeza, el sudor de su padre que se quedaba en las grietas de las rocas y con el parte de su existencia.

Abundancia de agua, árboles, musgos y helechos, oxígeno, quebradas cristalinas que corrían alegres por la montaña, animales exóticos, amigos para toda la vida. Tal vez allí se fue moldeando ese espíritu ambientalista, ese amor por la naturaleza.


En su taller con el maestro, Joaquín
Mario Murillo y trasmitiendo el
conocimiento a una de sus alumnas.
Esos recuerdos del desplazamiento, luego del asesinato de Gaitán, para salir de La Floresta y tener que internarse monte adentro por las entonces selvas del bajo Cauca antioqueño, donde debieron convivir con comunidades indígenas, aserradores, cazadores y hacer uso de la creatividad, reinventarse para sobrevivir a la adversidad. Así se forjó este guerrero.

Su formación

En medio de estos avatares y un país azotado por la violencia partidista el joven Rubén Darío, ávido de concomimiento, encuentra una oportunidad en la casa de su hermana mayor, Libia, parta irse a terminar la primaria al municipio de Puerto Berrío. Misión que cumple con lujo de detalles y excelentes calificaciones.


Bachiller y tecnólogo
Aprovechando las influencias de su padre con el Partido Liberal, le consiguen una beca para estudiar el bachillerato en su pueblo natal, Yolombó, allí su tía María Dolores “Mila” haría las veces de acudiente, en el Liceo Aurelio Mejía, una institución que funcionaba como internado y albergaba estudiantes de varios municipios.
Por esos tiempos de escasez, don Rubén recuerda y vive eternamente agradecido de su cuñado Carlos Tulio Jiménez Ramírez, (Q.E.P.D), quien siempre procuró  que nada le faltara.

Terminando el quinto año de bachillerato lo sorprendería la muerte de su progenitora Ana, hecho que lo devastaría y que causaría un gran impacto en su padre, sin embargo, termina su formación secundaria y se alista para hacerse ingeniero agrónomo, su sueño.

Sin embargo, ese sueño se truncaría por las limitaciones económicas y por el mismo impacto de la muerte de su señora madre, además de las grandes revueltas sociales que, vivía el país por la época, la universidad pública era un polvorín de protestas permanentes, era más el tiempo que duraban cerradas o los estudiantes protestando las políticas del gobierno central.

Por esos tiempos abriría sus puertas el Politécnico Jaime Isaza Cadavid y allí vio una oportunidad para estudiar inicialmente una técnica y luego refrendarla como tecnología agropecuaria.

Recuerda don Rubén que estuvo a punto de interrumpir sus estudios en este politécnico, por razones económicas, la muerte de su señora madre afectó considerablemente a su padre y ya los giros para los gastos básicos no llegaban hasta que se apareció un mecenas, el director del plantel, viendo sus buenas calificaciones lo recomendó con el Icetex y allí le otorgaron un crédito para un final feliz de su estadía por el Jaime Isaza Cadavid.

Avanzaba el año 1969, ya con su título bajo el brazo, las cosas eran distintas, además había amplia demanda para el sector agropecuario, incluso al mismo politécnico iban a buscar a los nuevos profesionales.

Y...los cumplió muy feliz.

A Urabá

Por esa época ya su hermana Libia se encontraba en Urabá, él llegaría luego con un puesto en el desaparecido Incora vinculado a un programa, Banco Ganadero-Incora, le daban un pie de cría de Ganadería al campesino.

La entidad tenía su sede principal en Turbo, pero jurisdicción en Urabá y parte del Chocó, tenían que visitar las fincas, por río, Mar, por trochas y hasta en avionetas, ante la falta de carreteras, allí estuvo dos años.

Después pasaría dos años más en Unibán y diez en la empresa Frutera de Sevilla, como supervisor de campo y empaque, casi siempre con 15 o 20 fincas a cargo. En Frutera de Sevilla como en otras empresas, despedían a los trabajadores al cumplir diez años, para hacerle el quite a obligaciones laborales.

Tendrían que pasar muchos años para poder acceder a una pequeña indemnización, tras un pleito laboral de ingrata recordación, en el que ganó más el abogando que el trabajador.

Luego al quedar cesante le dio por montar una pequeña tienda  en Apartadó  en la que estuvo hasta el año 2.000, época en que se radicó en el Nuevo Apartadó donde aún reside. Recuerda que eran unos humedales difíciles de transitar en épocas invernales y que hoy es un apacible vividero

Ya por el año 2001 motivado por el artista plástico Gonzalo Toro, se inició en estas artes en un taller en la Casa de la Cultura de Apartadó, Toro le prestó papel y pinturas y lo fue guiando, a él le fue gustando y se fue metiendo en ese mundo de óleos, caballetes y pinceles, fuera de venir de una familia con vena artística en la plástica y la música.

Fue así como fue teniendo contacto con otros artistas, Luis Arteaga, hoy radicado en Europa, Joaquín Mario Murillo, Julio Muñetones y Chucho Cataño, asistiendo siempre a talleres en la Casa de la Cultura, con la Universidad de Antioquia y la Nacional.

Es de anotar que durante la cruda violencia que azotó la zona de Urabá, don Rubén y su familia no se movieron de la región, pese a las advertencias y recomendaciones de familiares y amigos. Por fortuna todos salieron ilesos, ya habían sobrevivido a la violencia partidista, en el bajo Cauca.

El amor de su vida

Desde luego que detrás de este polifacético personaje no podía faltar una gran mujer, su coequipera, compañera de viaje y su cómplice, la mujer que eligió hasta que la muerte los separe, la educadora, Anselma Herrera González.

Paisanos de Yolombó, un prolongado y accidentado noviazgo de diez años con ausencias y separaciones por razones de trabajo que duraban hasta seis meses, ella en Puerto Berrío y él por Urabá, pero el amor cuando es real, se puede sostener con cartas esperanzadoras y encuentros espontáneos, hasta que finalmente se unieron en matrimonio en la iglesia del Pilar, una pequeña capilla de esa época en Medellín, por allá en 1972.


"Hasta que la muerte los
separe", dijo el sacerdote.
Después de ires y venires soltaron anclas en Apartadó, para no levarlas jamás, echaron raíces, llegaron los hijos, luego los nietos y entonces esas raíces se hicieron más profundas, ya imposible de arrancar.

Ella había nacido en la vereda Pantanillo de Yolombó, perteneciente a una reconocida familia del pueblo, hicieron el bachillerato y se graduaron simultáneamente, pero desde luego, en planteles separados por que en esos tiempos era casi que pecado mortal que hombres y mujeres estudiaran juntos, ella en la Normal de Señoritas de Yolombó y él en El Liceo Aurelio Mejía.

Doña Anselma se vinculó muy joven a las instituciones educativas de la Madre Laura, primero en Puerto Berrío donde logró un traslado a Apartadó y allí se jubiló.

Hoy la pareja se da por bien servida, con la misión cumplida en este mundo difícil, tres hijos: Rubén Darío, Ingeniero Mecánico, Julio César, Ingeniero Civil y Ricardo León, tecnólogo agropecuario. Rubén Darío terminó radicado en Australia con su esposa y su hija Nicole.

Hay dos nietos, Juan José, también transitando por el mundo de las ingenierías y Nicole, el amor pleno de don Rubén.

En familia en la ciudad de Medellín.

Sentido humanista

Don Rubén es dueño de gran sensibilidad social, solidario, humanista, amigo de la buena política, de la decente, de la que no se roba los recursos de la salud, las obras públicas y la educación, no acepta el mal trato a los animales, su vida la comparte con su perro, Max y su gato “RA”, que quiere decir, “Dios del Sol”

Es común al cruzar por el barrio Nuevo Apartadó, de Apartadó, verlo en el estudio que improvisó a la entrada de su casa, pintando o transmitiendo sus conocimientos de pintura a niños, verlo leyendo, o escuchando música y como su algo falta, cultivando su prolífico jardín, al que últimamente le ha agregado una buena dosis de orquídeas. “Me relajo, me siento libre cuidado los jardines” dice en medio de su serenidad.


El Pregonero del Darién, le
hace un reconocimiento.
Justamente por su apoyo y ejemplo a la juventud y comunidad en general, El Periódico, El Pregonero del Darién, le hizo público reconocimiento y le entregó un galardón, que lo deja como ejemplo de vida para las nuevas generaciones.

Entre tantas historias y experiencias, este hombre tallado en la buena madera de Yolombó, que los primeros sonidos que calaron en sus oídos fueron los del cincel y el martillo de su padre rompiendo rocas con sus manos fuertes de minero puro, cuando iba a llevarle el almuerzo a los oscuros socavones, celebra este doce de septiembre muy campante sus ochenta años.

Sus 80 años en el reposo y
tranquilidad  de su hogar
Don Rubén, que como en el clásico tango La Comparsita, vio el desfile de las inclemencias, de la pobreza, que se abrió camino a pulso para criar y educar a sus hijos, que hoy hace un balance serio, reposado y tranquilo de su existencia, llega a sus ocho décadas de vida.

Don Rubén no se aparta ni de su bicicleta, sus pinturas, su música y sus animales, en Apartadó fue uno de los primeros caminantes que ingresó a los grupos de Coomeva y es pionero del ciclismo recreativo y no se deja derrotar ni de los años ni de la adversidad.


Pintar es parte de su vida.
Salud don Rubén y larga vida/Apartadó-septiembre-2023.