Forjado en las montañas antioqueñas, pulido en los socavones mineros y tallado por una amplia experiencia de la vida, este guerrero a sus 80 años, sigue practicando el ciclismo recreativo, como un muchacho de 20.
Crónicas
del Camino/Wilmar Jaramillo Velásquez/El Pregonero del Darién.
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| Rubén Darío Valencia, en el jardín de su casa. |
Hablamos
de un hombre forjado en amplios principios sociales y liberales, liberales de
ideas, no de trapo rojo, mercaderes y chantajistas de hoy. Su padre Rubén
Antonio Valencia Cataño, un minero, casi que iletrado, que mantenía
correspondencia epistolar, nada más y nada menos que con el caudillo, Jorge
Eliecer Gaitán.
Al
menos de su padre no aprendió la afición por la riña de gallos, el juego de
cartas, dados y el licor, más bien se le pegó todo lo bueno, como hombre de
trabajo honrado.
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| Con la educadora Anselma Herrera González, su compañera de viaje. |
Su vida la comparte con varias pasiones: su hogar, su compañera inseparable de viaje, la educadora, Anselma Herrera González, su perro Max, un labrador chocolate y su gato “RA”, la música, fuera de cantar entre amigos y reuniones sociales, tiene buen oído como para extasiarse con el tenor y médico, Alfonso Ortiz Tirado, Agustín Magaldi, el tango y los grandes grupos de música colombiana, clásica y andina.
Artes plásticas
En
arte, empíricamente se fue formando como artista plástico, hoy sus progresos
son reconocidos por sus propios maestros y el ciclismo recreativo. A los 80
años no lo reten en bicicleta que tiene la suficiente, cancha como para dejar
fuera de combate a un muchacho de 20 años. Además, es animalista, ambientalista
y un devorador de libros sin límites.
Estos
son tal vez los secretos para llegar a las ocho décadas con semejante lucidez,
mantener ejercitado el cerebro con la lectura, el deporte y una vida sana, ni
fuma ni bebe, tampoco trasnocha.
Rubén
Darío Valencia, vio por primera vez la luz del mundo un doce de septiembre de
1943 en el municipio de Yolombó- Antioquia, en el hogar de Rubén Antonio
Valencia y Ana Martínez Arroyave, sus padres se movieron en su juventud por
lugares como Maceo, Yalí, Quebraditas, San Antonio, incluso debieron internarse
por cinco años en la montaña, a varias horas del corregimiento de Yolombó, La
Floresta, huyendo de la violencia, liberal- conservadora que se desató tras la muerte
de Gaitán.
El
viejo minero tuvo que abandonar los socavones para dedicarse a la agricultura y
poder preservar su vida y la de la familia. En La Floresta, contra viento y marea
logró hacer su primer año de escuela, ya había visto de cerca como su padre se rompía el espinazo en las
minas a punta de cincel y martillo, en busca del precioso metal que a unos
hacía muy ricos y a otros cada día más pobres y enfermos en la profundidad de
la mina.
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| Aquí con el reconocido Dueto Gopar de Chigorodó. |
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| Nada resume mejor la vida de este personaje que, estas cinco fotos, su amor por el deporte, la música, la lectura, los animales y las artes plásticas |
La violencia
También
cruza nítidamente por su memoria cuando se refugiaron en la zona montañosa
entre Tarazá y Valdivia, por las estribaciones del río Rayo, mientras que los colombianos
se mataban entre sí por razones y objetivos que ni ellos mismos conocían, pero
las ordenes de muerte llegaban de las ciudades capitales impartidas por
caciques y gamonales.
Quizá
los recuerdos que más se cruzan por la mente de don Rubén, son los de esa
infancia, carente de mucho, pero con abundancia en otras cosas que no se tasan
en dinero. Su niñez en el corregimiento La Floresta, rodeada de minas,
socavones, golpes de cinceles y martillos que aún retumban en su cabeza, el
sudor de su padre que se quedaba en las grietas de las rocas y con el parte de
su existencia.
Abundancia
de agua, árboles, musgos y helechos, oxígeno, quebradas cristalinas que corrían
alegres por la montaña, animales exóticos, amigos para toda la vida. Tal vez
allí se fue moldeando ese espíritu ambientalista, ese amor por la naturaleza.
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| En su taller con el maestro, Joaquín Mario Murillo y trasmitiendo el conocimiento a una de sus alumnas. |
Su formación
En
medio de estos avatares y un país azotado por la violencia partidista el joven
Rubén Darío, ávido de concomimiento, encuentra una oportunidad en la casa de su
hermana mayor, Libia, parta irse a terminar la primaria al municipio de Puerto
Berrío. Misión que cumple con lujo de detalles y excelentes calificaciones.
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| Bachiller y tecnólogo |
Terminando
el quinto año de bachillerato lo sorprendería la muerte de su progenitora Ana,
hecho que lo devastaría y que causaría un gran impacto en su padre, sin
embargo, termina su formación secundaria y se alista para hacerse ingeniero
agrónomo, su sueño.
Sin
embargo, ese sueño se truncaría por las limitaciones económicas y por el mismo
impacto de la muerte de su señora madre, además de las grandes revueltas
sociales que, vivía el país por la época, la universidad pública era un polvorín
de protestas permanentes, era más el tiempo que duraban cerradas o los
estudiantes protestando las políticas del gobierno central.
Por
esos tiempos abriría sus puertas el Politécnico Jaime Isaza Cadavid y allí vio
una oportunidad para estudiar inicialmente una técnica y luego refrendarla como
tecnología agropecuaria.
Recuerda
don Rubén que estuvo a punto de interrumpir sus estudios en este politécnico,
por razones económicas, la muerte de su señora madre afectó considerablemente a
su padre y ya los giros para los gastos básicos no llegaban hasta que se
apareció un mecenas, el director del plantel, viendo sus buenas calificaciones
lo recomendó con el Icetex y allí le otorgaron un crédito para un final feliz
de su estadía por el Jaime Isaza Cadavid.
Avanzaba el año 1969, ya con su título bajo el brazo, las cosas eran distintas, además había amplia demanda para el sector agropecuario, incluso al mismo politécnico iban a buscar a los nuevos profesionales.
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| Y...los cumplió muy feliz. |
A Urabá
Por esa
época ya su hermana Libia se encontraba en Urabá, él llegaría luego con un
puesto en el desaparecido Incora vinculado a un programa, Banco
Ganadero-Incora, le daban un pie de cría de Ganadería al campesino.
La entidad
tenía su sede principal en Turbo, pero jurisdicción en Urabá y parte del Chocó,
tenían que visitar las fincas, por río, Mar, por trochas y hasta en avionetas,
ante la falta de carreteras, allí estuvo dos años.
Después
pasaría dos años más en Unibán y diez en la empresa Frutera de Sevilla, como
supervisor de campo y empaque, casi siempre con 15 o 20 fincas a cargo. En
Frutera de Sevilla como en otras empresas, despedían a los trabajadores al
cumplir diez años, para hacerle el quite a obligaciones laborales.
Tendrían que pasar muchos años para poder acceder a una pequeña indemnización, tras un pleito laboral de ingrata recordación, en el que ganó más el abogando que el trabajador.
Luego al quedar cesante le dio por montar una pequeña tienda en Apartadó en la que estuvo hasta el año 2.000, época en que se radicó en
el Nuevo Apartadó donde aún reside. Recuerda que eran unos humedales difíciles
de transitar en épocas invernales y que hoy es un apacible vividero
Ya por
el año 2001 motivado por el artista plástico Gonzalo Toro, se inició en estas
artes en un taller en la Casa de la Cultura de Apartadó, Toro le prestó papel y
pinturas y lo fue guiando, a él le fue gustando y se fue metiendo en ese mundo
de óleos, caballetes y pinceles, fuera de venir de una familia con vena artística
en la plástica y la música.
Fue así
como fue teniendo contacto con otros artistas, Luis Arteaga, hoy radicado en
Europa, Joaquín Mario Murillo, Julio Muñetones y Chucho Cataño, asistiendo siempre a talleres en la Casa de la Cultura, con la Universidad de
Antioquia y la Nacional.
Es de anotar que durante la cruda violencia que azotó la zona de Urabá, don Rubén y su familia no se movieron de la región, pese a las advertencias y recomendaciones de familiares y amigos. Por fortuna todos salieron ilesos, ya habían sobrevivido a la violencia partidista, en el bajo Cauca.
El amor de su vida
Desde
luego que detrás de este polifacético personaje no podía faltar una gran mujer,
su coequipera, compañera de viaje y su cómplice, la mujer que eligió hasta que
la muerte los separe, la educadora, Anselma Herrera González.
Paisanos
de Yolombó, un prolongado y accidentado noviazgo de diez años con ausencias y
separaciones por razones de trabajo que duraban hasta seis meses, ella en
Puerto Berrío y él por Urabá, pero el amor cuando es real, se puede sostener
con cartas esperanzadoras y encuentros espontáneos, hasta que finalmente se
unieron en matrimonio en la iglesia del Pilar, una pequeña capilla de esa época
en Medellín, por allá en 1972.
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| "Hasta que la muerte los separe", dijo el sacerdote. |
Ella había
nacido en la vereda Pantanillo de Yolombó, perteneciente a una reconocida
familia del pueblo, hicieron el bachillerato y se graduaron simultáneamente,
pero desde luego, en planteles separados por que en esos tiempos era casi que
pecado mortal que hombres y mujeres estudiaran juntos, ella en la Normal de
Señoritas de Yolombó y él en El Liceo Aurelio Mejía.
Doña
Anselma se vinculó muy joven a las instituciones educativas de la Madre Laura,
primero en Puerto Berrío donde logró un traslado a Apartadó y allí se jubiló.
Hoy la pareja
se da por bien servida, con la misión cumplida en este mundo difícil, tres
hijos: Rubén Darío, Ingeniero Mecánico, Julio César, Ingeniero Civil y Ricardo
León, tecnólogo agropecuario. Rubén Darío terminó radicado en Australia con su
esposa y su hija Nicole.
Hay dos nietos, Juan José, también transitando por el mundo de las ingenierías y Nicole, el amor pleno de don Rubén.
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| En familia en la ciudad de Medellín. |
Sentido humanista
Don
Rubén es dueño de gran sensibilidad social, solidario, humanista, amigo de la
buena política, de la decente, de la que no se roba los recursos de la salud,
las obras públicas y la educación, no acepta el mal trato a los animales, su
vida la comparte con su perro, Max y su gato “RA”, que quiere decir, “Dios del
Sol”
Es común
al cruzar por el barrio Nuevo Apartadó, de Apartadó, verlo en el estudio que improvisó
a la entrada de su casa, pintando o transmitiendo sus conocimientos de pintura
a niños, verlo leyendo, o escuchando música y como su algo falta, cultivando su
prolífico jardín, al que últimamente le ha agregado una buena dosis de
orquídeas. “Me relajo, me siento libre cuidado los jardines” dice en medio de
su serenidad.
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| El Pregonero del Darién, le hace un reconocimiento. |
Entre
tantas historias y experiencias, este hombre tallado en la buena madera de
Yolombó, que los primeros sonidos que calaron en sus oídos fueron los del
cincel y el martillo de su padre rompiendo rocas con sus manos fuertes de
minero puro, cuando iba a llevarle el almuerzo a los oscuros socavones, celebra
este doce de septiembre muy campante sus ochenta años.
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| Sus 80 años en el reposo y tranquilidad de su hogar |
Don Rubén no se aparta ni de su bicicleta, sus pinturas, su música y sus animales, en Apartadó fue uno de los primeros caminantes que ingresó a los grupos de Coomeva y es pionero del ciclismo recreativo y no se deja derrotar ni de los años ni de la adversidad.
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| Pintar es parte de su vida. Salud don Rubén y larga vida/Apartadó-septiembre-2023. |









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