¿Podría un exguerrillero ser obedecido por militares que han combatido a las guerrillas durante más de medio siglo? Un repaso de la historia, la psicología de los militares y la trayectoria de Gustavo Petro arroja mucha luz sobre el asunto.
Análisis de la noticia/El Pregonero del Darién.
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| (Foto/Razón Pública) |
Un poder que no se puede ignorar
Gobernar
pensando que los militares deben limitarse a obedecer, como afirmó hace poco el
candidato presidencial Gustavo Petro, es una ingenuidad o es un eslogan de
campaña que muestra falta de olfato político.
El
estamento militar tiene influencia sobre las élites políticas y sociales de
Colombia, conoce bien todos los rincones de la geografía nacional con sus
necesidades, y estudia de manera sistemática y rigurosa las amenazas de defensa
y seguridad que se producen. Además, goza de muy altos niveles de aceptación
pública, como comprueban las encuestas de confianza institucional efectuadas
por empresas consultoras y organizaciones internacionales.
La importancia institucional de los militares los convierte en un actor ineludible en cualquier ejercicio de gobernanza nacional.
Unas Fuerzas Militares de derecha
Repasemos
algo de historia militar del continente para entender el ethos de los militares
colombianos y su posición ante la eventual presidencia de una persona como
Gustavo Petro.
Las
Fuerzas Militares de Colombia son consideradas de derecha, y a partir de la
Segunda Guerra Mundial fueron educadas en la doctrina anticomunista de la
seguridad nacional. La existencia de guerrillas comunistas durante más de medio
siglo extremó ese carácter conservador.
Estas
Fuerzas Militares no han conocido expresiones de izquierda dentro de sus filas,
como ocurrió en otros países del continente donde se registraron levantamientos
de oficiales de izquierda y dictadores con ideas “progresistas”. Recordemos por
ejemplo el levantamiento de Rumi Maqui en el Perú, el Tenentismo brasileño, el
chavismo en Venezuela o el socialismo militar boliviano.
Algunas
fuerzas militares de América Latina fueron infiltradas por sectores de
izquierda radical provenientes de partidos como el APRA del Perú, la Acción
Democrática de Venezuela, el Partido Comunista brasileño o el Partido
Socialista chileno. Pero esto nunca ha sucedido en Colombia.
Los
militares colombianos han sido deliberantes. Tradicionalmente se ha dicho que
nuestra fuerza armada es constitucionalistas y respetuosa de la democracia.
También se dice que nuestros militares no deliberan porque así lo dispone el
artículo 219 de la Constitución y porque desde 1930 no tienen derecho al voto.
Y,
sin embargo, a lo largo de la historia, los militares colombianos han hecho
públicos sus desacuerdos con los gobiernos de turno, liberales o conservadores.
Inclusive se han producido “ruidos de sables” y algunas amenazas de golpes de
Estado.
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| Foto: Facebook: Ejército Nacional de Colombia. |
"Las relaciones entre el ejecutivo y los militares no han sido siempre un lecho de rosas. Los antagonismos se dieron generalmente cuando los militares percibieron que había concesiones a la guerrilla y que el comunismo internacional podía infiltrarse en el país."
Una historia de conflictos con los presidentes
Las
relaciones tensas o distantes entre presidentes y militares no serían entonces
un problema exclusivo del eventual gobierno de Petro, puesto que en más de una
ocasión ellas se dieron bajo el bipartidismo tradicional. Veamos algunos
ejemplos:
–
Alfonso López Pumarejo tuvo muy malas relaciones con los militares, a quienes
tildaba de “clase inútil”, y esto desembocó en una intentona de golpe de Estado
durante su segundo gobierno en 1944. Dado que los militares habían sido
formados y promovidos bajo la hegemonía conservadora, López pensaba que ellos
eran enemigos de su proyecto liberal.
Las
relaciones entre el ejecutivo y los militares no han sido siempre un lecho de
rosas. Los antagonismos se dieron generalmente cuando los militares percibieron
que había concesiones a la guerrilla y que el comunismo internacional amenazaba
al país.
–
Es bien conocido el episodio del presidente conservador Guillermo León Valencia
con un revolver en su bolsillo cuando estaba reunido con el ministro de Guerra,
el general Ruiz Novoa, a quien consideraba un oficial desleal con aspiraciones
de poder, como se lo habían advertido militares leales como Revéiz Pizarro.
–
Alfonso López Michelsen debió lidiar con el descontento militar encabezado por
el comandante del ejército, el general Valencia Tovar, por haber nombrado sin
consultarle al general Varón Valencia como ministro de Defensa. El emblemático
oficial fue llamado a calificar servicios junto con otros generales con
liderazgo “inconveniente”, según López.
–
El presidente Belisario Betancur retiró del servicio al general Landazábal
Reyes por su oposición a los diálogos con la FARC, y el presidente Virgilio
Barco hizo otro tanto con su ministro, el general Samudio Molina, por iguales
motivos. El débil gobierno de Ernesto Samper también destituyó al general
Harold Bedoya por su oposición a la zona de despeje en la Uribe para adelantar
diálogos con las FARC.
–
Los recuentos periodísticos y el mismo director de la policía de la época han
dado cuenta del “ruido de sables” que enfrentó el presidente Andrés Pastrana
cuando quiso prorrogar la zona de distensión con las FARC ante la oposición del
generalato y de su ministro de Defensa, el conservador Rodrigo Lloreda. Por ese
entonces la policía se convirtió en una guardia pretoriana del mandatario, ante
rumores sobre una toma cruenta por parte de miembros de las Fuerzas militares
de la Casa de Huéspedes en Cartagena donde se alojaba el presidente.
–
Y aún en tiempos del presidente Uribe, los comandantes militares tuvieron
relaciones agrias con la ministra de Defensa Marta Lucía Ramírez por cuestiones
de gastos, donaciones internacionales y contratación.
– El general Mora Rangel, miembro del equipo negociador de La Habana denuncia en un libro reciente la debilidad del gobierno Santos y sus concesiones exageradas a la guerrilla, según él, por encima de la verdad y la justicia.
Las líneas que no pueden cruzarse
En
conclusión, las relaciones entre el ejecutivo y los militares no han sido
siempre un lecho de rosas. Los antagonismos se dieron generalmente cuando los
militares percibieron que había concesiones a la guerrilla y que el comunismo
internacional amenazaba al país. La retoma del Palacio de Justicia y los
rumores de conspiración de civiles y militares contra Samper siempre han sido
mencionados como claros mensajes de los militares a los gobiernos civiles de
turno.
La
Fuerza Pública tiene problemas innegables, como la corrupción y la violación de
derechos humanos. Pero una estrategia de choque contra los militares sería
improductiva y además dañina.
Por
eso los desencuentros pueden ser mayores con un presidente de izquierda, que
encarna todos los temores tradicionales de los militares, desde el cambio en el
modelo económico y social hasta una amenaza a la soberanía nacional.
Los
militares han sido llamados a calificar servicios cuando han deliberado, pero
aún así deliberan y tienen opiniones que manifiestan de muchas maneras cuando
sienten amenazados sus intereses o la estabilidad política del país.
La relación de obediencia ciega que pretende Petro quizás sea más difícil de cumplir por su historia de antiguo guerrillero. Sería el primer presidente por fuera del sistema partidista que ha gobernado a Colombia.
Sí puede haber relaciones adecuadas
Pero
Petro no sería el primer ex subversivo que asuma la presidencia de un país y
que lograra entenderse con los militares sin hacer purgas o intentar refundar
unas fuerzas que le fueran leales.
–
El antiguo guerrillero tupamaro, Pepe Mujica, ya como presidente de Uruguay y
aun ante el rumor de que pensaba revertir la amnistía para los militares
responsables de violar los derechos humanos, mantuvo buenas relaciones con las
fuerzas de su país e, inclusive abogó por la liberación de aquellos golpistas
que llevaban muchos años en prisión. Aunque nombró a uno de sus antiguos
compañeros de armas y compañero de prisión como ministro de Defensa, los
militares uruguayos respetaron el orden legal.
–
El pasado guerrillero de la presidenta Dilma Rousseff no le impidió mantener
relaciones funcionales con los militares brasileños. El nombramiento de un
antiguo canciller de izquierda como ministro de Defensa y la disminución del
gasto militar produjeron malestar entre los militares, pero este no pasó a
mayores.
–
Los ejemplos de Nelson Mandela en Suráfrica, Robert Mugabe en Zimbawe y José
Dos Santos en Angola muestran que es posible mantener relaciones funcionales
entre exguerrilleros convertidos en presidentes y unas fuerzas militares que
los persiguieron y encarcelaron. Los ejércitos fueron reorganizados sin
expulsar a todos sus antiguos mandos y muchos exguerrilleros fueron
incorporados a las Fuerzas Armadas.
– Los antiguos guerrilleros del M19 han sido alcaldes o gobernadores sin que se hubieran registrado desencuentros insolubles entre ellos y los comandantes del ejército o la policía de la región.
Petro y los militares
Hay
que recordarle al candidato Gustavo Petro lo que dijo el Rey de España Juan
Carlos tras la intentona de golpe del 23 de febrero: no se debe gobernar con
los militares, pero tampoco sin ellos.
Una
disminución ostensible del gasto de defensa cuando el país debe reemplazar su
envejecida flota de aviones Kfir, un deterioro en la calidad de vida o en el
estatus de soldados y policías, o el nombramiento de un ministro de Defensa
hostil al ejército podrían causar un daño serio a la relación entre el
presidente y los militares.
Los
militares son un actor necesario para gobernar a Colombia. Dados los problemas
complejos de seguridad y defensa del país y los niveles tradicionales de
violencia, su papel es vital para cualquier presidente.
Cuando
Petro fue alcalde de Bogotá tuvo momentos de tensión con la Policía cuando uno
de sus secretarios de Gobierno afirmó que era una fuerza corrupta y cuando el
mismo alcalde exigió que la policía cerrara el relleno de Doña Juana durante la
recordada crisis de las basuras.
Situaciones como estas no deberían repetirse. La Fuerza Pública tiene problemas innegables, como la corrupción y la violación de derechos humanos. Pero una estrategia de choque contra los militares sería improductiva y además dañina. Y por su parte, los miembros del M19 son los exguerrilleros que mejor se adaptaron a la vida civil en Colombia, hasta el punto de ocupar cargos de representación y nominación durante treinta años.
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| Juan Carlos Ruiz |







