Si Hernández es elegido en la segunda vuelta, como Noemí Sanín en su tiempo, llegará sin “compromisos” ni “acuerdos” y “sin deberle nada a nadie”. Pero en política no hace falta deberle un favor a Vito Corleone para depender de los demás.
Por:
Yann Basset* de Razón Pública/El Pregonero del Darién
Análisis de la noticia:
La independencia
Durante
la campaña presidencial de 1998, Noemi Sanín se prestó a la prueba de la
entrevista con Heriberto de la Calle, el personaje de lustrabotas del añorado
Jaime Garzón.
Sanín
se enalteció con una larga explicación sobre su “independencia” y el hecho de
que llegaba sin acuerdos con los políticos y sin deberle nada a nadie, mientras
Heriberto se esgrimía impúdicamente sobre su zapato derecho.
Después
de un largo minuto de monólogo de la candidata, Garzón la interrumpió
preguntándole: “¿Y usted no se cansa de repetir esas huevonadas todo el día?”.
Si
bien era la voz y el estilo de Heriberto, la pregunta provino más del humorista
—quien conocía muy bien la política por haberla experimentado personalmente—
que de su personaje, quien bien hubiera podido comulgar con esta visión
anti-política tan arraigada en Colombia y que Rodolfo Hernández ha logrado
encarnar hábilmente en esta campaña.
La tradición anti-política
Desde
este punto de vista, el éxito de Hernández no tiene nada de inesperado o
excepcional. Al contrario, toca una cuerda muy trillada de la cultura política
nacional, quizás la más compartida universalmente: la utopía de que se puede
gobernar solo con la gente “más honesta y merecedora”, sin hacer política y sin
los políticos y sus partidos.
Se
ha comparado mucho a Hernández con Trump o con Bolsonaro, y probablemente haya
algunas similitudes, pero no conviene exagerarlas. No entenderíamos al
candidato equiparándolo con un fenómeno de extrema derecha.
Hernández,
sin duda, alberga valores y referencias muy conservadoras que entran en
resonancia con la cultura popular, sobre todo en el mundo rural del centro del
país que logró movilizar. Estas referencias exaltan la autoridad y el trabajo
duro, más que el “vivir sabroso” que llamó la atención de los jóvenes y de las
clases medias urbanas.
Al
ingeniero Rodolfo le importa un pepino la ideología y las consideraciones
doctrinales, y por más que la lengua lo traicione y lo pueda llevar a salidas
escandalosas como la absurda celebración de Hitler, ha sabido mostrarse más
tolerante en su práctica política real.
Pero
lo que más lo caracteriza es el repudio de la política y de los políticos,
asunto que comparte con la gran mayoría de sus conciudadanos en su grado más
extremo.
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Hay
distintos grados en la anti-política: desde la versión centrista que rechaza la
“polarización” que implica la política, o el de las élites tecnocráticas que
pretenden gobernar sin los políticos, hasta la versión extrema de Rodolfo que
busca gobernar en contra de ellos.
Pero
ni siquiera esta versión extrema es nueva. Incluso Ingrid Betancourt la encarnó
desde el principio de su carrera política, por ello no es casualidad que se
haya sumado a la campaña de Hernández.
La corrupción
En
todo caso, el centro de todo es la igualación de la política con la corrupción.
No se trata solo del hecho lamentable de que la política esté plagada de
corrupción en el sentido banal y judicial del asunto, sino también de un
sentido más filosófico de la idea de corrupción en el que se entiende que el
interés general, el bien común, está contaminado por intereses personales e
ilegítimos de los políticos.
Desde
esta concepción, la política ya no sería el arte de buscar el interés general
mediante la deliberación democrática, sino la perversión de un bien común obvio
y límpido, que se asume existe de forma previa a cualquier discusión.
Así,
no se repara en que la sociedad está atravesada por variedad de opiniones e
intereses contradictorios que deben ajustarse, sino que se privilegia una
versión idealizada, armónica y natural de lo social.
En
la anti-política, entonces, hay una enorme resistencia al reconocimiento de la
diversidad y de los desacuerdos legítimos e irremediables porque hay una
profunda convicción en que el bien común que debe guiar el rumbo del gobierno
no admite controversias y, si las admite, lo hace sólo de forma técnica o
académica. De allí que Rodolfo sea “el ingeniero” y no un político.
¿Y si gana?
Si Hernández es elegido en la segunda vuelta, como Noemí Sanín en su tiempo, llegará sin “compromisos” ni “acuerdos” y “sin deberle nada a nadie”. Pero en política no hace falta deberle un favor a Vito Corleone para depender de los demás.
En este momento, Hernández no cuenta con gobernabilidad.
"Eso resulta escandaloso para la anti-política, pero es la mejor garantía y justificación de la democracia"
Nadie
puede gobernar en soledad y sin considerar los intereses y las posiciones de
los demás, así en la anti-política se defienda esta soledad como principio.
“El
ingeniero” intentará conformar un gabinete “técnico” con gente alejada de la
política. Es posible que escoja a sus ministros por medio de espectaculares
concursos de méritos que refuercen su discurso, aunque difícilmente salga un
equipo coherente de semejante procedimiento.
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| Foto: Facebook: Rodolfo Hernández. |
Pero
en menos de un año el experimento se estrellará con la realidad de la política:
un Congreso sin el cual no se puede gobernar, y que también ha sido elegido
democráticamente, una institucionalidad compleja de contrapoderes que no se
puede soslayar y poderosos intereses sociales que no se pueden ignorar.
A
partir de allí habrá dos caminos. El más probable consistirá en moderar la
predica anti-política y aceptar compartir el poder, como lo ha hecho Duque y
como lo hizo Uribe en su primera elección.
Tanto
Duque como Uribe son ejemplos de presidentes que llegaron al poder con campañas
anti-políticas. El primero, con una versión moderada y tecnocrática y, el
segundo, con una versión más extrema.
Duque
tuvo que abandonar la pretensión de gobernar sin mermelada para los partidos
después de un año de parálisis institucional. Uribe hizo lo propio después del
fracaso de su referendo de 2003 “contra la politiquería” y para conseguir su
reelección de la mano de los mismos políticos que criticaba.
Es
por esto que solo la ceguera voluntaria sobre la naturaleza de la política
podría llevarnos a creer que el apoyo que la derecha le regala a Hernández es
gratis y que está únicamente motivado por el temor a una victoria de Petro.
Hernández
deberá gobernar con la derecha porque se ha convertido en su campeón, quiéralo
o no. Ojalá que alguien en el entorno del presidente-ingeniero se atreva en su
momento a darle el cepillazo en la rodilla al estilo Heriberto para instarle a
abandonar “la huevonada” y a reconocerlo.
El
otro camino es mucho más peligroso y delicado. Consistiría en un enfrentamiento
institucional con el Congreso, la Corte Constitucional y otros poderes.
Allí
habría que recordar el antecedente de otro ingeniero anti-político que llegó a
la presidencia de su país en 1990 movilizando el rechazo a proyectos de la
derecha y de la izquierda: Fujimori cerró el Congreso en un autogolpe que
inauguró una década de autoritarismo en Perú.
A
diferencia de Fujimori, que se benefició de un contexto de crisis económica y
de seguridad muy profunda, Hernández tendría todas las de perder en semejante
enfrentamiento, pero aún es dudoso si alguien tendría algo que ganar.
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| Yann Basset |
*Director
del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios
Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.







