Llegó a
la presidencia de la república en la peor ruina económica y salió forrado en
oro, pero su ambición no tiene límites, se le volvió un problema patológico.
Por:
Wilmar Jaramillo Velásquez/Opinión/ El Pregonero del Darién
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| Wilmar Jaramillo Velásquez |
Parlamentario,
ministro, secretario General de la OEA, en dos periodos y presidente de la
república, su ambición por el poder no tiene límites, se adueñó del lánguido Partido
Liberal al que arrastró a las miserias más deplorables del clientelismo, lo
destruyó desde adentro, en aras de hacer negocios para su familia y sus
amigotes. Hoy en vez de un Partido Liberal, hay tres.
Gaviria
es un hombre hábil, pero a la vez torpe, cuando pudo permanecer en el pedestal
que el mismo construyó con el desmedido poder que ha ostentado, prefirió la
puerta de atrás, la de las componendas, de la tramoya, de la microempresa personal,
a lo que redujo el viejo y fuerte Partido Liberal, que no es más que escombros
en ruina moral.
Sus
paisanos en Pereira recuerdan perfectamente como arruinó la familia y derrochó
la herencia haciendo política, su gran pasión, pero también tienen claro que salió
forrado en otro del cargo y no propiamente sumando su sueldo y otras gabelas que
concede el poder a estos afortunados colombianos.
Derrotado
el “glorioso partido” como le decía su militancia, Gaviria armó una
microempresa con un pelotón de congresistas que lo siguen ciegamente, dóciles,
huecos, aferrados a las migajas que les tira como a perros falderos.
Con
este negocio armado, se ha dedicado los últimos años a extorsionar presidentes,
a apoyar o tumbar reformas sin medir el impacto social del colectivo, sino la
defensa de sus intereses y la de sus socios políticos, los grandes empresarios
de la salud, las mega pensiones donde aparece justamente la él, a industriales.
Con el
sol a sus espaldas, con los años haciendo mella en su desvencijada humanidad,
ya desaparecidos todos los rasgos de estadista que en alguna ocasión ostentó, Gaviria
se hunde solito en un vulgar lodazal clientelista, en un terreno fangoso que el
mismo labró.
La
historia lo recordará no como el hombre de la OEA, de los debates
parlamentarios o el risaraldense que ocupó el Solio de Bolívar, sino del
mezquino que se alió con otros personajes de su misma y peor calaña para hundir
las profundas reformas con las que la mayoría de los colombianos hemos soñado toda
la vida.
Al lado
de los políticos de siempre, los socios
del Frente Nacional, sus coequiperos, los conservadores y los oportunistas reductos derrotados en democracia en las urnas, el Centro Democrático, la cloaca
de Cambio Radical y de la U, preparan una macabra alianza supuestamente para derrotar a Petro, cuando
van a derrotar es al país de la desigualdad y van a favorecer a los
grandes tentáculos del poder empresarial,
banquero y económico con los que han
gobernado durante más de dos centurias.
El pueblo
se debe organizar en una gran muralla de contención y propinarles a estos mercaderes
de lo público una verdadera paliza en las urnas, será la única forma de frenar
sus ambiciones, de demostrar dónde está el verdadero poder popular.
¿Por
qué Colombia tiene que cargar con el lastre de unas momias vivientes, como
Álvaro Uribe, como Pastrana, como César Gaviria y el mismo títere de Iván
Duque, impidiendo el desarrollo normal de la política, poniéndole el palo en la
rueda al gobierno, cuando justamente intenta hacer lo que ellos se negaron
hacer?
El pueblo
es el único que tiene la respuesta en las urnas, unidos en una sola voz para
sacar del ruedo político a estas mafias, con un verdadero voto de castigo, el
voto de la dignidad.
Urabá-marzo/2023.
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