sábado, 20 de mayo de 2023

La indolencia de Salvatore

La pelea contra la guerrilla devino en un circo cuya crueldad y horror nunca serán bien entendidos.

Por: Juan Fernando Uribe*/Opinión/El Pregonero del Darién.

Médico/ Juan Fernando Uribe
En estos días he estado estudiando a Hannah Arendth y su obra "La banalización del mal" y he comprendido por qué a los colombianos ya no nos sorprende toda la descomposición y podredumbre a la que nos acostumbró la guerra. La aceptamos y nos construimos una coraza en la que lo más ruin de los espectáculos que un ser vivo pueda contemplar, nos parece un simple titular de periódico o de revista de variedades. Nos hemos ahogado en sangre y ésta se ha vuelto crema para un helado macabro que saboreamos como si nada, como una golosina, como otro capítulo de la telenovela en la que hemos convertido a Colombia.

El desparpajo y la frescura con que Mancuso va narrando todos sus crímenes y los implicados, parecen no conmoverle y es más, no sabemos por qué no se ve en la filmación, el vaso con ron Tres Esquinas mientras va contestando al juez las preguntas por sus desmanes, e incluso da por sabido una serie de olvidos con la tranquilidad de que fueron muchos, por no decir todos, sus aliados en la gran orgía de sangre y despojo que protagonizaron y siguen protagonizando las hordas paramilitares con el pretexto de sanear al país del yugo guerrillero.

De las 1.200 masacres registradas por la Comisión de la Verdad más de 800 se les atribuyen durante los casi veinte años de su accionar: seis millones de campesinos desplazados y otro tanto de hectáreas de tierra expoliadas, son los resultados a más de miles de hogares destruidos y cientos de madres llorando sobre la tumba o la ausencia de sus hijos. Los crímenes y las tropelías de la guerrilla parecen ser un juego de niños al lado de semejante desastre.

La anuencia con el ejército, con sus generales a sueldo, con los políticos, (senadores, representantes, alcaldes, gobernadores y presidentes), algo así como un novelón de corrupción y crimen alimentado por el tumultuoso alud de dinero y la cultura del narcotráfico, hicieron del fenómeno paramilitar colombiano el más horrendo espectáculo de infamia y sevicia. Ninguna perversión en la historia de la humanidad se le compara. Si bien estados de guerra como las que enlutaron el continente europeo fueron escenario de los más pavorosos enfrentamientos y degradación, aquí fue un simple juego contra campesinos indefensos, a quienes asesinaban descuartizándolos con moto sierras, violando sus mujeres y niños entre borracheras y burlas. La pelea contra la guerrilla devino en un circo cuya crueldad y horror nunca serán bien entendidos. Basta ver como crecieron los cordones de miseria en las ciudades para evaluar toda la tragedia en los campos.

¿Será suficiente la narrativa de Mancuso para que la JEP y la Fiscalía acusen formalmente a los implicados? Es la pregunta que todos nos hacemos, pero ya de antemano conocemos la respuesta. ¿Acaso es la desfachatez con que nos cuenta todo el vandalismo una prueba más de lo banal que para el colombiano representa toda esta tragedia apenas comparada con los millones de muertos de una guerra mundial conservando "sus justas proporciones"? Otra respuesta que ya conocemos, pues hemos convivido con la aceptación en aras de un temor que personalidades mesiánicas y vengativas nos han inculcado como redención contra el mal; al igual que Adolph Eichman (encargado de campos de concentración) al afirmar con pasmosa convicción que solo cumplía órdenes de sus superiores. O ese día cuando a Himmler -el jerarca nazi de las SS- se le notaba compungido y al ser interrogado por tanta tristeza respondió: "Estoy triste por no tener el tiempo suficiente para acabar con todos los judíos...", son claros ejemplos de nuestra alienación.

*Médico pediatra.