Todo ello sustentado en la aparición de un potente inconsciente delincuencial colectivo que todo lo permite y perdona.
Por:
Juán Fernando Uribe Duque /Opinión/ El pregonero del Darién
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| Médico/Juán Fernando Uribe Duque |
Con la
muerte del capo abaleado en un tejado, el perfil cambió mimetizándose y
acudiendo otra estrategia: asolando y desplazando, apoderándose de la tierra
fértil y dominando las ciudades con la economía informal derivada de su lavado
de activos y la cooptación de la vida política:
Desde
presidentes y casi todo un congreso financiados y apoyados logísticamente por
su poder económico y militar; también los medios de comunicación que se
encargaron de difundir una ideología neoliberal multifacética donde una
permitida corrupción facilitó que una pequeña franja social se enriqueciera a
expensas del lavado de sus activos: constructores, centros comerciales
dedicados al contrabando, empresarios del espectáculo, la moda y hasta muchos religiosos
aceptaron felices sus dádivas.
Toda la
sociedad colombiana tuvo y tiene que ver con el narcotráfico, desde el pequeño
vendedor callejero de baratijas de contrabando, hasta los grandes políticos,
militares y fiscales cobijados y protegidos por su poder. Todo ello sustentado
en la aparición de un potente inconsciente delincuencial colectivo que todo lo
permite y perdona.
Ecuador
apenas vive la fase inicial, aquella de los grandes capos que se fugan de las
cárceles ayudados por sus guardianes; después vendrá la persecución y el
envalentonamiento de un presidente joven cono Novoa (entre nosotros fue
Gaviria, a la sazón de 47 años) para -luego de la muerte del líder de pistola y
cadena de oro-, entrar en una tercera etapa de consolidación y disimulo.
La historia se repite
En
Colombia se inició y evolucionó como toda actividad criminal, degenerando en
falsas posturas moralistas que llevaron la guerra al campo mientras los
cultivos se expandían y el campesino migraba a las ciudades a sobrevivir de la
economía informal y a engrosar los cordones de miseria.
Expresiones
culturales decadentes como el reguetón aparecieron con fuerza inusitada
confirmando la degradación moral de la mujer como una simple muñeca sexual
empoderada en un primario poder de seducción, el fenómeno del turismo de
carácter sexual y prostibulario rotuló a una ciudad como su capital mundial.
Todos recordamos
en Medellín la muerte reciente por sobredosis de sexo y cocaína de un famoso
baterista de rock. También de Medellín son las grandes estrellas del reguetón,
los ídolos del despecho y la llamada música popular, no otra que emula toda la
cultura del sicario tatuado con aires de charro mexicano, jefes de una corte de
meretrices luminosas de silicona y piscina.
Pronto
Ecuador nos emulará, de no quebrarle el espinazo a este monstruo que nos devoró
fingiendo cruzadas en su contra.

