Es algo apenas comparable con la arquitectura del holocausto judío infringido por los nazis, pues parece que copiaron los diseños de los campos de concentración.
Juán
Fernando Uribe Duque*/Opinión/El Pregonero del Darién.
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| Médico/Juán Fernando Uribe Duque |
Combatiendo
los grandes financistas del negocio y sus políticos asociados que perpetúan y fingen
una guerra en su contra y recuperando como un problema de salud pública los
consumidores, no como hasta ahora se ha hecho postrando al campo y las
barriadas populares con una guerra sin fin, mientras castigan, asesinan y sumen
en la pobreza y a miles de jóvenes y sus familias.
En el
cañón del río Micay en el departamento del Cauca, el presidente ha hablado
claro y de frente a la historia: no más dolor y sangre, no más injusticia con
el campesino que se vio obligado como un esclavo a cultivar coca para el
traficante, no más violencia para el indígena que se fue desplazado y
atropellado en su ancestralidad.
Ha
llegado la hora de incidir en forma clara y audaz. La sustitución de la
economía ilegal por cultivos que incentiven una economía popular próspera con
créditos públicos y asesoría técnica y social, es el verdadero método para
rescatar del oprobio a todas estas comunidades donde se produce el 75% de la
cocaína mundial.
No son
subsidios, ni contemplaciones caritativas como muchos creen. Es un programa
bien coordinado con la asesoría de estamentos internacionales poderosos que
están convencidos del fracaso de la política antidrogas que mató a un millón de
latinoamericanos y que tiene a otro tanto pudriéndose en las cárceles y
acabando con el poco de tejido social que lograron conservar. ¡Y pensar que aún
hay quien dice que la solución es asperjar con glifosato envenenando el
ambiente y creyendo que los únicos que mueren son los micos y las culebras! ¡Y
dicen ser patriotas y amar el país! Aman su codicia sin importar el daño que
causan.
Sorprende
el descubrimiento de hornos crematorios como un hecho macabro de la arqueología
de la maldad en Colombia. Es algo apenas comparable con la arquitectura del
holocausto judío infringido por los nazis, pues parece que copiaron los diseños
de los campos de concentración.
Todo
ello hace juego con las declaraciones de Mancuso apenas comparadas
alegóricamente al testimonio de un sociópata como Adolph Eichman.
La banalidad del mal se enseñoreó en la directriz política de los gobernantes de la llamada "Seguridad democrática" - que más que otra cosa fue el acompañamiento del ejército para volver a las fincas-: el haber confesado los crímenes de casi diez mil jóvenes inocentes no los ha conmovido; parece que valen menos que las balas que los mataron o que los uniformes con que los disfrazaron. Alguien me decía refiriéndose a lo fértil de unas palmeras que adornaban el camino a la piscina de una de sus fincas: "La gente no sabía que en cada palmera enterramos un tipo. ¡Ese el mejor abono dotor!".
Pero
por fin alguien ha roto el espejo de la infamia y trata de reconstruir la
historia para lograr la reconciliación en Colombia, nunca la venganza, la que
todos sabemos justificó el recrudecimiento de una guerra innecesaria y absurda.
Los
colombianos debemos borrar de nuestros sentimientos el odio y la exclusión,
debemos, con el conocimiento de la historia y el estudio de una sencilla
filosofía de la convivencia y el respeto, lograr salvar al país de las garras
del miedo hacia ese otro al que consideramos distinto y peligroso. Una cosa son
las consecuencias de una historia de pobreza y degradación, con la resultante
de desarraigo y delito, y otra muy diferente el señalamiento de una clase
social como enemiga. El país fragmentado debe unirse y la labor nos compromete
a todos.
El proceso
es largo, pero es solo a través de él como nos podremos enamorar de nuestras
raíces, de nuestros territorios hermosos y de nuestras gentes, en otras
palabras, de lo que somos y hemos negado serlo: Una sola Colombia reconciliada,
en paz y en la senda definitiva del progreso.
La
codicia y el despojo nos llevó a perpetuar la guerra y la pobreza subsecuentes,
por eso se hace tan importante devolverle la tierra al campesino y borrar el
tener que vivir en la ciudad como acicate de progreso. El país debe recuperar
su carácter agrario para ser productivo y próspero con un campesino posicionado
como motor fundamental del progreso además de protector de primer orden del
entorno ambiental y sus recursos.
Desmontar
la empresa del narcotráfico y su influjo perverso es claro objetivo de este
gobierno. Objetivo por demás bien difícil en un país con una economía informal
claramente dependiente de su lavado de activos y secundada por una ideología
determinada por su codicia y arquetipo cultural.
El reto
es inmenso más no por ello despreciable, todo lo contrario, encontraremos en
ese propósito una forma de lograr la patria fraterna que siempre hemos deseado
para, que algún día, nos volvamos a abrazar como lo hacíamos en nuestra ya
lejana infancia al compartir felices una naranja con los niños pobres y alegres
del barrio vecino.
*Médico
Pediatra.

