sábado, 22 de julio de 2023

El acuerdo con las FARC-Una herida abierta

Esperemos que las reformas tan necesarias en estos tiempos aciagos, sean posibles y que, la Colombia que todos queremos, más justa, más próspera y más alegre, tenga una oportunidad.

Juan Fernando Uribe Duque*/Opinión/El Pregonero del Darién

Médico/ Juan Fernando Uribe D.
Hablar del Acuerdo con las Farc, es una herejía. A pesar de que el referendo se perdió por escasos 50.000 votos manipulados por el miedo y la mala prensa - como lo aceptó en su momento un dirigente del Centro Democrático-, fue en el Congreso donde luego se aceptó mediante el llamado "Fastrack" un procedimiento avalado por todos los partidos de la oposición.

El llamado “Acuerdo del Teatro Colón" permitió la desmovilización de casi la totalidad de los frentes guerrilleros y la incorporación a la vida civil de sus miembros y sus familias en campamentos y comunidades agrarias protegidas por el ejército muchas de ellas desmanteladas posteriormente con cientos de reinsertados asesinados o en huida.

De los viejos dirigentes, -luego de una lucha de casi cincuenta años donde varias generaciones engrosaron las filas de estos ejércitos para luego ser permeados y desvirtuados políticamente por el narcotráfico-, muchos se vincularon al Congreso ocupando las llamadas "Curules de la Paz" y dando origen al llamado Partido del Común, cuyo fracaso electoral era de esperarse en un país tomado por el narcotráfico y la corrupción.

Así se empezaba a gestar un verdadero proceso de paz, asumiendo la realidad en un país lleno de inequidades y caos social, con grandes territorios abandonados por el Estado y millones de compatriotas asentados en comunidades excluidas con una muy pobre, por no decir nula asistencia social, excepción hecha por la misma acción guerrillera y mafiosa que de algo ha servido para su propia sobrevivencia basada en cultivos ilícitos y demás actividades económicas derivadas de la violencia y degradación más feroces. Buenaventura es claro ejemplo.

Mal para bien, ese primer paso hacia una verdadera paz, –a la par de la acción decidida de la Comisión de la Verdad-, ha tratado que los Colombianos entendamos el deber de conocer a fondo la historia y las consecuencias del conflicto que aún sigue desangrando el país y que de negarlo o revictimizarlo, nos seguirá conduciendo a la fragmentación y destrucción de una sociedad confusa y empobrecida hasta niveles nunca imaginados: el 40 % de los colombianos están en un margen de pobreza con índices graves de malnutrición y el 7% ( 3.000.000 de compatriotas) en franca miseria.

Pero el acuerdo ha cojeado y el gobierno de Iván Duque prefirió hacerlo " trizas" desconociendo el compromiso y por lo tanto el primer punto -tal vez el más importante-, cual es la restitución al campesino de tres millones de hectáreas de tierra fértil de los seis que durante la guerra paramilitar- guerrillera les fueron arrebatadas sin contar con los anteriores despojos ocurridos durante la violencia interpartidista de los años 40 y 50 que dejó además de casi medio millón de muertos y miles de desplazados, un campo postrado y al país con una economía dependiente del quehacer indolente de las multinacionales que tres décadas después, con la llamada apertura económica y el Tratado de libre Comercio, acabarían con la industria convirtiendo a Colombia en un simple país de congresos y servicios.

Al principio del actual gobierno - tal vez como un acto de desvergüenza ante la comunidad internacional- la terrateniencia representada por la Federación Nacional de Ganaderos, Fedegan, en voz de su presidente el señor Lafourie, -paradójicamente esposo de la más acérrima opositora del presidente Petro  al que trata de delincuente, asesino, mentiroso e izquierdópata.

Prometió la venta, a precio comercial, de  tres millones de hectáreas de tierra fértil comprometidas en el Acuerdo, de las que al término del primer año solamente se han titulado 200.000 al campesino y otro tanto a las reservas indígenas representadas en bosques y selva que conservarán para poner freno a la deforestación que ya alcanzaba la escandalosa cifra de 250.000 hectáreas por año.

Los electores del uribismo y gran parte de la población colombiana todavía ven la obligación de cumplir el Acuerdo como una maquinación llevada a cabo por unos delincuentes que sólo gastaron gran parte de nuestros impuestos en cinco años de negociaciones en la Habana para seguir delinquiendo - toda guerra es horrible- y que han impedido que el país conozca el verdadero origen del conflicto para optar por una paz con verdadera justicia social.

En lugar de ello, muchos confiaron en la fuerza de la venganza de un líder negativo creyendo que sólo en una guerra eterna entre los pobres se lograría la solución al conflicto pues creen que el país real es el de las grandes ciudades y sus cordones de miseria desconociendo a ultranza que la verdadera riqueza está en el campo ahora postrado a merced del narcotráfico y la violencia. Una visión feudal estrecha y anacrónica que solo conduce a la pobreza y la exclusión.

Ha llegado el momento de asumir la visión de un nuevo país y saber que la otra fase de la violencia que recién empieza ya está marcando para Colombia un nuevo tiempo, donde la codicia por la posesión de la tierra, la minería ilegal y la conservación de las rutas para el envió de la producción de cocaína -ahora en crisis por el florecimiento de las drogas sintéticas entre ellas el fentanilo que ya cobra 100.000 muertos al año en Estados Unidos- es la nueva realidad.

Las viejas guerrillas van desapareciendo, el ELN agoniza mientras sus disidencias como las de las Farc se aprestan a nuevos acuerdos con el declive de la producción de la cocaína y la entrada en escena de otras mafias, de otros protagonistas con sus respectivos representantes políticos y toda la corruptela que ya va siendo evidenciada y acorralada por la justicia y la opinión internacional.

Colombia potencia mundial de la vida, como la ha llamado el presidente Petro todavía conserva sus recursos y gran parte de sus riquezas y biodiversidad, sus aguas, sus selvas, sus ríos y sus paisajes. Ya las primeras cosechas reemplazan los alimentos importados, la conectividad y la educación empiezan a redimir una juventud antes sin esperanzas, se reactiva el empleo, la deuda pública se reduce, la balanza comercial empieza a ser prometedora y una nueva conciencia nacional emerge optimista y alegre.

Esperemos que las reformas tan necesarias en estos tiempos aciagos, sean posibles y que, la Colombia que todos queremos, más justa, más próspera y más alegre, tenga una oportunidad.

*Médico Pediatra.