Esperemos que las reformas tan necesarias en estos tiempos aciagos, sean posibles y que, la Colombia que todos queremos, más justa, más próspera y más alegre, tenga una oportunidad.
Juan Fernando Uribe Duque*/Opinión/El Pregonero del Darién
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| Médico/ Juan Fernando Uribe D. |
El llamado “Acuerdo del Teatro Colón" permitió la desmovilización de casi la totalidad de los frentes guerrilleros y la incorporación a la vida civil de sus miembros y sus familias en campamentos y comunidades agrarias protegidas por el ejército muchas de ellas desmanteladas posteriormente con cientos de reinsertados asesinados o en huida.
De los viejos dirigentes, -luego de una
lucha de casi cincuenta años donde varias generaciones engrosaron las filas de
estos ejércitos para luego ser permeados y desvirtuados políticamente por el
narcotráfico-, muchos se vincularon al Congreso ocupando las llamadas
"Curules de la Paz" y dando origen al llamado Partido del Común, cuyo
fracaso electoral era de esperarse en un país tomado por el narcotráfico y la
corrupción.
Así se
empezaba a gestar un verdadero proceso de paz, asumiendo la realidad en un país
lleno de inequidades y caos social, con grandes territorios abandonados por el
Estado y millones de compatriotas asentados en comunidades excluidas con una
muy pobre, por no decir nula asistencia social, excepción hecha por la misma
acción guerrillera y mafiosa que de algo ha servido para su propia
sobrevivencia basada en cultivos ilícitos y demás actividades económicas
derivadas de la violencia y degradación más feroces. Buenaventura es claro
ejemplo.
Pero el
acuerdo ha cojeado y el gobierno de Iván Duque prefirió hacerlo "
trizas" desconociendo el compromiso y por lo tanto el primer punto -tal
vez el más importante-, cual es la restitución al campesino de tres millones de
hectáreas de tierra fértil de los seis que durante la guerra paramilitar-
guerrillera les fueron arrebatadas sin contar con los anteriores despojos
ocurridos durante la violencia interpartidista de los años 40 y 50 que dejó
además de casi medio millón de muertos y miles de desplazados, un campo
postrado y al país con una economía dependiente del quehacer indolente de las
multinacionales que tres décadas después, con la llamada apertura económica y
el Tratado de libre Comercio, acabarían con la industria convirtiendo a
Colombia en un simple país de congresos y servicios.
Al principio del actual gobierno - tal vez como un acto de desvergüenza ante la comunidad internacional- la terrateniencia representada por la Federación Nacional de Ganaderos, Fedegan, en voz de su presidente el señor Lafourie, -paradójicamente esposo de la más acérrima opositora del presidente Petro al que trata de delincuente, asesino, mentiroso e izquierdópata.
Prometió la venta, a precio comercial, de tres millones de hectáreas de tierra fértil
comprometidas en el Acuerdo, de las que al término del primer año solamente se
han titulado 200.000 al campesino y otro tanto a las reservas indígenas
representadas en bosques y selva que conservarán para poner freno a la
deforestación que ya alcanzaba la escandalosa cifra de 250.000 hectáreas por
año.
Los electores del uribismo y gran parte de la población colombiana todavía ven la obligación de cumplir el Acuerdo como una maquinación llevada a cabo por unos delincuentes que sólo gastaron gran parte de nuestros impuestos en cinco años de negociaciones en la Habana para seguir delinquiendo - toda guerra es horrible- y que han impedido que el país conozca el verdadero origen del conflicto para optar por una paz con verdadera justicia social.
En lugar de
ello, muchos confiaron en la fuerza de la venganza de un líder negativo creyendo
que sólo en una guerra eterna entre los pobres se lograría la solución al
conflicto pues creen que el país real es el de las grandes ciudades y sus
cordones de miseria desconociendo a ultranza que la verdadera riqueza está en
el campo ahora postrado a merced del narcotráfico y la violencia. Una visión
feudal estrecha y anacrónica que solo conduce a la pobreza y la exclusión.
Ha
llegado el momento de asumir la visión de un nuevo país y saber que la otra
fase de la violencia que recién empieza ya está marcando para Colombia un nuevo
tiempo, donde la codicia por la posesión de la tierra, la minería ilegal y la
conservación de las rutas para el envió de la producción de cocaína -ahora en
crisis por el florecimiento de las drogas sintéticas entre ellas el fentanilo
que ya cobra 100.000 muertos al año en Estados Unidos- es la nueva realidad.
Las
viejas guerrillas van desapareciendo, el ELN agoniza mientras sus disidencias
como las de las Farc se aprestan a nuevos acuerdos con el declive de la
producción de la cocaína y la entrada en escena de otras mafias, de otros
protagonistas con sus respectivos representantes políticos y toda la corruptela
que ya va siendo evidenciada y acorralada por la justicia y la opinión
internacional.
Colombia potencia mundial de la vida, como la ha llamado el presidente Petro todavía conserva sus recursos y gran parte de sus riquezas y biodiversidad, sus aguas, sus selvas, sus ríos y sus paisajes. Ya las primeras cosechas reemplazan los alimentos importados, la conectividad y la educación empiezan a redimir una juventud antes sin esperanzas, se reactiva el empleo, la deuda pública se reduce, la balanza comercial empieza a ser prometedora y una nueva conciencia nacional emerge optimista y alegre.
Esperemos que las reformas tan necesarias
en estos tiempos aciagos, sean posibles y que, la Colombia que todos queremos,
más justa, más próspera y más alegre, tenga una oportunidad.
*Médico Pediatra.


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