miércoles, 26 de julio de 2023

Los carteles de la libertad de prensa

Ni el congreso cobarde y contaminado, ni el presidente Petro, tienen los pantalones para poner en cintura el cartel de los medios de comunicación.

 Wilmar Jaramillo Velásquez/Opinión/ el Pregonero del Darién.

Wilmar Jaramillo Velásquez
 Ni en medio del proceso de paz, ni la misma JEP, se atrevieron a rozar con el pétalo de una rosa el poder mafioso de los medios de comunicación. La Comisión de la Verdad tocó algunos cayos e hizo fuertes reflexiones sobre el papel de los medios en la guerra, pero más valientes fueron en Ruanda que los llevaron a los estrados judiciales a responder por crímenes contra la humanidad.

Los medios de comunicación en Colombia son cómplices de múltiples delitos, de crímenes de lesa humanidad, han amparado por décadas la corrupción y han vivido de ella. Pero como en todas las reglas, aquí también hay valerosas excepciones.

Rafael Correa en Ecuador tuvo el valor de enfrentar el poderío de la prensa que como en Colombia se había convertido en un concierto para delinquir, logró romper el monopolio de los medios, pero en nuestro país el señor Gabriel Gilinski que, sí se sabe que es y para qué sirve un oligopolio, compró la revista Semana para convertirla en el parlante oficial de la extrema derecha y sus acólitos.

La antigua revista por donde pasaron los más preclaros periodistas de Colombia, que vivió una verdadera época de oro, es hoy la peor alcantarilla de la información nacional.

Ante el éxito logrado con Semana, al convertirla en jefe de la oposición a todo lo que les huela a reformas del nuevo gobierno y aprovechando la crisis financiera de los medios tradicionales, la familia Gilinski silenciosamente se apodera del país de Cali y del Heraldo de Barranquilla, fracasó por un pelo de quedarse con El Colombiano de la godarria antioqueña.

Un grupo de empresarios inescrupulosos descubrió que bajo el ropaje de la libertad de prensa y de opinión, podía camuflar otros oscuros negocios y entramados del poder, que podían manipular los gobiernos de turno y al que no se doblegue, entonces le propiciarían un golpe de estado y le soltarían toda una jauría de perros de caza, disfrazados de periodistas.

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Colombia está lejos de poner en cintura estos empresarios del crimen, de la difamación, de la mentira, de la distorsión de la verdad, primero, porque el bloque mayoritario del Congreso les pertenece a estas mafias, son sus patrocinados, ellos son sus lava perros y, por la otra, porque el actual presidente no arriesgaría el prestigio que ha logrado a nivel internacional, armando este tipo de discusiones. Petro le apuesta más a consolidarse como líder mundial, que como el presidente que nos vendieron en campaña y, la pelea con los medios recibiría de inmediato el rechazo mundial.

Hay que legislar y duro contra estos carteles protegidos bajo el emparo de las libertades.

Una simple carta del presidente Petro exigiendo el mínimo respeto por su gobierno y su persona desató de inmediato el grito de personas tan retardatarias como José María Aznar, Andrés Pastrana e Iván Duques, quienes pusieron el grito en el cielo por una supuesta amenaza a la libertad de prensa  en Colombia, que  no es ni prensa  ni es libre, son simples tentáculos del poder político y económico defendiendo sus intereses particulares, lejos  quedó la información, el derecho  que nos dio la constitución a estar bien informados.

A los dueños de este poder se le olvidó al igual que a todas las autoridades, que la misma Constitución reza que los medios son libres, pero responsables ante la ley, que difamar y calumniar, fomentar golpes de estado contra la democracia y, distorsionar la verdad son delitos que se deben investigar y sancionar.

El señor Gabriel Gilinski, está transitando por un peligroso camino y de paso está arrastrando al país por tenebrosos espacios de incertidumbre. Su poder económico no podrá ser superior a los intereses de la nación y es ahí donde este Congreso cobarde y genuflexo debe actuar.

La revista Semana no le puede hacer un montaje al presidente de esconder millones de pesos en males y quedar como si nada, como si fuese un chiste flojo y de mal gusto.

El columnista Felipe A, Priats, nos recordó en una de sus opiniones que, Cuando Daniel Ellsberg filtró los “papeles del Pentágono” al New York Times, en 1971, este periódico fue hasta la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos para defender su publicación. Acá, en nuestro caso en Colombia, Gabriel Gilinski tiró la toalla con un comunicado moderado de Petro publicado en Twitter y agrega:

“Ahora lo que toca hacer es introducir legislación para regular esos “lanzaderos-de-mierda” de los grupos económicos, porque, tal como dice Bill Gates, el periodismo se acabó, ya no existe.

Y de Murdoch y su Imperio mediático mejor no hablo, porque no hace falta. Una corte de los Estados Unidos le acaba de meter casi un billón de dólares de multa por difamación”

¿Si en Estados Unidos “¿Modelo” de nuestras libertades se puede, Colombia tiene que estar sometida esta pesadilla?

Felipe advierte además en su columna: “La primera pregunta que yo me hago no es si la libertad de prensa está amenazada, sino si Vicky Dávila califica como periodista y si “Semana” califica como medio periodístico, y mi respuesta es un rotundo “NO” a ambas preguntas”

En síntesis, lo que necesitamos es una legislación firme y clara que le quite la patente de corso a los empresarios de la mentira y la difamación, esos que hoy se arropan bajo una falsa libertad de expresión.

Urabá/julio/ 2023.