lunes, 17 de julio de 2023

La oscura transparencia

El erario colombiano fue diseñado desde la colonia para ser saqueado a través del tiempo por los políticos de turno que arman sus grupos para tal efecto.

Luis Fernando Uribe*/Opinión/El Pregonero del Darién.

Médico/Juan Fernando Uribe.
Con la creación de la Secretaría de la Transparencia -esa palabra que ha tomado una connotación contraria en boca de los corruptos-, se abre una esperanza en la lucha contra la corrupción en un país donde el fenómeno tiene unas raíces tales que hacen ya parte de la normalidad, y está tan arraigado que se da el lujo de ser criticado como mandato de una pseudo moral que cobija a toda una sociedad donde el afán de combatirlo es mínimo, tal vez por el hecho que llevamos una conciencia corrupta que a modo de corifeo de tragedia griega nos hace exclamar: Somos corruptos pues así nacimos y así moriremos.

Desde la colonia nos llegan las raíces de la corrupción. En el libro de Max Weber "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" vemos como para el reformado luterano el trabajo es una dignificación del amor a Dios, mientras que en la concepción colonial católica del cristianismo los únicos que deberían sufrir las penurias del tener que "conseguir el pan con el sudor de la frente", son los pobres criollos, indios, negros y esclavos al contrario de las élites blancas, para quienes mediante leyes y reformas, hicieron de la expoliación de los dineros públicos un derecho prácticamente inalienable, de ahí que aún sean ellos los representantes de la llamada "Corrupción Competente" en la que amparados en obras de carácter suntuario justifican el robo al erario conservando una imagen de pulcritud y eficiencia entre sus mismos áulicos convencidos de una probidad ajena a toda sospecha.

El caso de los hermanos Nule, representantes de esa élite blanca costeña, es claro ejemplo- -tuvieron además la osadía de demandar al Estado- e incluso con el reciente escándalo de Oscar Iván Zuluaga y todo su grupo de beneficiados con los sobornos de Odebrecht, es más que notorio. Dicen que su confesor y amigo del Opus Dei le tranquilizó efectivamente la conciencia fortaleciéndole el ánimo para tener el valor no aceptar los cargos - a pesar de las pruebas contundentes en su contra- y así tener la desfachatez de iniciar un proceso, que, en el caso de la justicia colombiana, alcanza un 97% de impunidad.

Ya Oscar Iván - buen bailarín él- iniciará toda una pelea con abogados y trapisondas con la fiscalía amiga para quedar libre con su hijo - filósofo de Harvard- y tratar, porque ya nunca lo logrará, de conservar una imagen de honesto y " transparente" como un celofán opaco.

El erario colombiano fue diseñado desde la colonia para ser saqueado a través del tiempo por los políticos de turno que arman sus grupos para tal efecto, y que según ganancias, persisten o se retiran, ahora también en contubernio con las mafias del narcotráfico que dio origen a toda una cultura de la corrupción que permeó todos los estamentos de la sociedad y produjo, para nuestra desgracia, una aceptación constitutiva de una idiosincrasia que en lugar de condenar, admira - entre perdones y disimulos-, la osadía de los más inteligentes para acceder a las mieles del delito.

No se concibe que un buen muchacho hijo de fervientes católicos "temerosos de Dios" y bien educado sea un delincuente, menos un ladrón y que haya pretendido ser presidente de un país donde el 40% de su población padece hambre y exclusión.

La dádiva del perdón en Colombia a veces sofoca la razón al hacernos entrar al  mundo de un surrealismo extraño: se roban más de 50 billones al año y nadie dice nada, se caen edificios, puentes y carreteras y todo sigue en paz; llega Aida Merlano con las pruebas de la corrupción del clan Char, y toda Barranquilla prefiere pasear por el nuevo malecón o babearse con los centros comerciales construidos con sus dineros mal habidos; sale de la cárcel un bandido como el Ñoño Elías y todo el pueblo le hace venias y lo lleva en andas.

Se roban todas las dependencias del Estado y quiebran a miles de ahorradores, y lo único que vemos es a los culpables terminando de cumplir unas condenas irrisorias en sus mansiones campestres.  Se cae el edificio Space - y otros veinte más-, y la ignominia persiste sólo en un lote lleno de ruinas y en un pleito eterno contra los estafados.

La ley se hace para violarla con otras leyes, todo está dispuesto para que las élites y ahora los advenedizos emergentes del narcotráfico y sus nuevos representantes en la política, -todos esos muchachos avispados y "entucadores" como se denominan entre ellos- accedan al erario para acabar con él falsificando títulos, robando aquí o allá, ideando artimañas, soltando dádivas a medida que se acercan las elecciones, incluso disputando al inicio de sus administraciones el manejo de entes como las Empresas Públicas para después convertirlas en fortines burocráticos para seguir robando o hacer de ellas víctimas de la incompetencia de directivos improvisados.

Siempre he dicho que es mejor votar por un burgués ilustrado honesto - que parece NO existir-  que, por un advenedizo de las clases populares educado con hambre, hambre que en nuestro medio se traduce, no en deseo de superación y servicio, sino en agallas para depredar y enriquecerse.

*Médico Pediatra.